La alharaca de las máscaras en el Congreso

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El Congreso de la República de Colombia, el templo de la institucionalidad, el santuario de las leyes para los ricos y la ratonera de la corrupción para los pobres, es el recinto donde, en nombre de Dios y la democracia, se ha “cocinado” todo lo que es el país hoy día incluidos millones de muertos, cientos de miles desaparecidos, millones de desplazamientos forzado, analfabetismo técnico, violencia política, hambrunas y una larga y sangrienta guerra que han llevado al país, dicho incluso por los medios de comunicación cocinados y amaestrados allí, al segundo o quizás primer lugar en desigualdad social y violencia en el mundo. Allí nacen las leyes que han creado las condiciones para matar a los que piensan, sueñan y aman la vida, para darles paso a los que se destruyen incluso asimismo con tal de conseguir lo que quieren. Así, mediante la camuflada figura de la coparticipación, se fraguó el vil asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, catástrofe histórica que, para desgracia de la esperanza, le abrió el camino a la gavilla de depredadores que ya, desde que cogieron los partidos como arma para depredar, habían hecho y desecho con el país. En ese Congreso, en nombre de la patria como él decía, fraguó Uribe la benevolente ley de justicia y paz bajo la cándida premisa de máximo ocho años de cárcel con descuentos si sus amigos confesaban toda la verdad. Ahí estuvo la trampa para dejarlos libres, porque los beneficiarios estaban tan descarados que sus alias eran el número de muertos que tenían entre pecho y espalda y, ante esa papaya puesta, orgullosos, se echarían encima hasta a los muertos de Armero con tal de quedar libres. En ese Congreso, no solamente dicho por los medios de comunicación cocinados y amaestrados allí sino por un poderoso paramilitar, legisló más del 30% de los paramilitares y narco políticos y para políticos que Uribe metió y que una gran cantidad están siendo investigados y otros presos. En ese Congreso, coparticipativamente, se fraguó el macabro y tergiversado genocidio de los magistrados y no magistrados del palacio de justicia, horror perfectamente comparativo con la destrucción de las torres gemelas y que, para vergüenza nuestra, dejó al descubierto el degeneramiento del prestigio del ejército colombiano. En ese Congreso, me contaba un ex congresista desmovilizado del M-19, predomina un permanente y descarado contubernio etílico y sexual en el que muchos consumen whisky y cocaína todos los días viendo pornografía infantil. Todo eso me lo contó el desmovilizado. Todo el mundo sabe que en ese Congreso hay una cantidad de senadores y congresistas que están investigando por narcotráfico, narco política, para política, crímenes de lesa humanidad, manipulación de testigos, falsos positivos, desplazamiento forzado, etc, etc. En ese Congreso entró como Pedro por su casa Mancuso, el mismo que según conclusión de las autoridades participó directa e indirectamente en la muerte de más de cinco mil colombianos y que está amenazado, pero los congresistas del Centro Democrático lo aplaudieron y le rindieron pleitesía. En ese Congreso han destrozado el país en todos los campos, en lo social, en lo económico, en la salud, en la educación, en la justicia y sobre todo en lo moral a tal extremo que hasta a Dios lo han inmolado usándolo para sus enfermizos propósitos, pero todavía allí, sin quitarse las máscaras del cinismo siquiátrico, quedan congresistas arrabaleros que forman una alharaca pública y le gritan asesino y mafioso a Santrich pese a que en el famoso video no se menciona la palabra droga por ningún y ni siquiera los Estados Unidos ha podido demostrarle que es narcotraficante, mientras por otro lado, de rodillas, idolatran a su patrón Uribe.

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