POR: DANIEL GONZALEZ MONERY, PARA “TEMAS UNIVERSITARIOS”

Un profesor (o profesora, la mayoría son mujeres) lleva cinco, diez, quince años, intentando que sus estudiantes se interesen por los contenidos que su colegio oficial les ofrece, que tengan expectativas altas sobre lo que les aportará la educación, que descubran vocaciones y las cultiven, o cuando menos que su paso por la escuela les evite tragedias probables. Trabaja para facilitar aprendizaje en otros seres humanos para quienes representa el saber y la ética. Pero para sus estudiantes las oportunidades de acceso a algo que no sea un empleo precario o un embarazo precoz son escasas y esos chicos lo saben: no le creen a la promesa de que educarse es el camino para la prosperidad (Mora, R. Biografías de Instituciones de la Región Caribe. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2010). Con frecuencia la violencia y el dolor caracterizan a la población con la que trabajan nuestros educadores.
Y en su vida esa maestra (o maestro) tiene muchos problemas: el acceso a servicios de salud es limitado; si tiene estabilidad laboral, el salario es bajo y le toca conseguir una segunda fuente de ingresos; si es provisional en el Estado, o trabaja en el sector privado por contrato, tiene meses del año sin vinculación laboral y muchas veces se le acaba la “chamba” y tiene que durar meses buscando otra. (Mora, R. Prácticas Curriculares, Cultura y Procesos de Formación. Segunda Edición. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2012). La escuela le queda muy lejos, la vida se le va transportándose, y en el caso de los profesores rurales, generalmente ir a trabajar implica dejar a la familia en alguna cabecera municipal o departamental para estar en las veredas durante la semana.
Ha estudiado en una escuela normal como pedagogo tecnólogo; una licenciatura a distancia, o si tuvo un cupo menos frecuente, en una universidad en un programa presencial; o sencillamente, sin preparación para enseñar, saltó de la carrera de abogado, ingeniero o veterinario a la de profesor. En cualquier caso, siente que esa formación le ha dejado vacíos y no es suficiente para ascender y tener un mayor ingreso; por lo que seguir estudiando es una de sus prioridades.
Con heroísmo, esa profe (o ese profe) decide innovar, es decir, se pone a probar algo nuevo para un problema que se muestra difícil de abordar, con las herramientas disponibles y corriendo riesgos, echando mano de la inventiva que nace de la necesidad, y mezclándola con lo que aprendió en su formación básica y lo que puede aprender de sus compañeros o en cursos que le toca pagarse con dificultad.
En algunos casos, llega a una escuela con un proyecto institucional consolidado, y que respeta la iniciativa de sus docentes. En ese caso, su trabajo transformador comienza a enlazarse con el trabajo colectivo. Muchas veces la escuela cree saber para dónde va, pero lo que propone no funciona, y no deja que los profesores intenten algo nuevo. Pero lo más frecuente es que ese (o esa) profe esté muy solo, sin mayor guía, excepto algunos libros de texto en papel o en algún cacharro electrónico que le vendieron al Gobierno, llegaron a su escuela de un día para otro, y prometen éxito para sus estudiantes si siguen unas guías que rebotan contra la realidad. (Mora, R., et al. Pensar y construir un sistema educativo Caribe. En. Solano, J., et al. Nosotros los del Caribe: 2016: 263. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2016). Y entre tanto, una burocracia errática le manda todo tipo de ideas contradictorias, exigencias amenazantes y metas que debe cumplir para ganarse alguna bonificación, como los vendedores puerta a puerta.
Lo increíble es que decenas de miles de esos profes con todo tipo de condiciones adversas tienen éxito en sus procesos pedagógicos, salvan vidas, llevan chicos a la universidad, superan las frustraciones constantes, y persisten. De ellos tenemos que aprender y su semilla es la que tenemos que regar para que germine. Si no queremos que los próximos días del maestro nos lleguen en un ambiente de huelga, hay que reconocer el heroísmo de esas maestras y maestros que buscan salidas a un desafío que los desborda, apoyar su formación con oportunidades serias, pagarles mejor sin ponerlos a competir por el ingreso de un modo que haga sentir frustrados a quienes la tienen más difícil, apoyar su bienestar integral y el de sus familias, alentar su espíritu innovador con programas de acompañamiento situado para la investigación, la creación y el cambio social desde la escuela, y ayudar a los colectivos docentes a consolidar proyectos pedagógicos estables en sus escuelas y comunidades con más confianza y recursos que centralismo y modelos foráneos (Mora 2012, como se cita en “Ruta Caribeña”: 2018, 241. Fernández, A. Configuración del campo del currículo en Colombia. Un viaje por la producción escrita de sus autores más representativos. Samava Ediciones E.U. Popayán, 2018).  
Apoyar a los maestros para que sean felices y productivos en su trabajo y crean en su poder como pedagogos se ha probado en el mundo, y en Colombia en algunas secretarías de educación y colegios privados, ¡y funciona para ellos, sus familias, sus estudiantes y la sociedad! Pero en el Ministerio de Educación y el sindicato de docentes, ese enfoque sigue siendo más la excepción que la regla.
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