Recientemente el país celebró el día de los niños, generalmente festejado a finales del mes de abril de cada año. Con ocasión de ello, fue común ver en las redes sociales y en los medios de comunicación, diversas manifestaciones de apoyo a nuestros niños, resaltando la importancia de éstos en nuestra sociedad.
Sin embargo, la realidad en Colombia nos muestra un panorama desolador para nuestros niños, niñas y adolescentes, pues, de acuerdo a la ONG internacional Save The Children: Colombia ocupa el tercer puesto entre 175 países, con la tasa más alta de homicidio infantil en todo el mundo para el año 2018.
Lo anterior no es un dato menor, pues en Colombia están matando más niños que en países donde existen conflictos bélicos de gran calado. Resulta preocupante, que luego de la firma del Proceso de Paz con las FARC en diciembre de 2016, aún se presenten crecientes cifras de menores de edad víctimas de homicidios, lo cual implica un análisis criminalístico, sociológico e histórico sobre el origen de esos actos.
Por lo tanto, tenemos que las causas de esas muertes son multidimensionales: Por violencia en los hogares, por el crimen organizado, por balas perdidas y por la delincuencia común, según datos de esa ONG.
Recordando a The silence of the Lambs (El silencio de los corderos) aquella afamada película de los 90´s, que en Latinoamérica fue conocida y mal traducida como El silencio de los inocentes, relata la historia de Clarice Starling, una investigadora del FBI que busca la ayuda del Psiquiatra Hannibal Lecter, un asesino en serie y caníbal para poder capturar a otro asesino del mismo perfil criminal de Lecter.
En el entramado de esta cinta, Starling le explica a Lecter, que ella frecuentemente soñaba con el sonido de los corderos chillando antes de ser sacrificados, debido a un episodio de su infancia. Pero, que cuando hay silencio, es porque han muerto.
Dentro de la psique de Clarice, los corderos simbolizan a las víctimas de los asesinatos, a los indefensos que ella pretendía salvar en su labor como detective, pero cuando ellos callan, ya ha sido demasiado tarde.
El deber de proteger la vida de nuestros niños no es una obligación exclusiva del Estado, sino que es una responsabilidad compartida con las familias y de la sociedad en su conjunto.
Como sociedad, estamos en deuda con nuestros niños, niñas y adolescentes, sus vidas, el bien esencial más importante está siendo vulnerado sistemáticamente de forma creciente y continua cada año. Es una vergüenza que actuemos transitoriamente sólo cuando los medios de comunicación visibilizan y ponen en la agenda pública ciertos casos específicos, mientras miles de casos quedan impunes y archivados en los escritorios de la Fiscalía. Se hace necesario fortalecer y darle celeridad a los procesos judiciales donde los niños tengan la calidad de víctimas, y ¿por qué no? Pensar en una justicia especial para ellos.
A pesar de todo, ante el incremento progresivo de los casos de homicidios y feminicidios contra nuestros menores de edad, es dable destacar la labor de organizaciones como Save The Children, Primero son los niños; la UNICEF y un sin número de fundaciones y entidades que han tomado el papel de Clarice y decidido rescatar a nuestros más indefensos antes de que sea demasiado tarde, antes de su silencio.
*Abogado e investigador en temas de infancia

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