“Trabajo humano: definido como actividad en la que usando diversos recursos, instrumentos y medios técnicos la persona produce los bienes necesarios para su vida y desarrollo. De ahí que el trabajo se vincula, por fuerza natural, a su condición como persona”.
Así lo definen los tratadistas y especialistas en ambientes laborales, organizacionales y de liderazgo. Pero entre todas las palabras existe una frase que es base del desarrollo humano: su condición como persona a través de su dignidad.
No escribiremos sobre lo que es el trabajo, este, en último caso, no es lo importante en sí. El trabajo, de hecho, es el acto; la persona, es el accionante. Es esta quien tiene en sus manos a través de su conocimiento la magia para transformarlo o estancarlo, mediante el antojo de su parte volitiva, porque deriva de su ser biológico, de su aprendizaje, de la experiencia que adquiere, pero, sobre todo, de su dignidad como persona y del aporte de esta a ese acto que es trabajar.
De tal manera, cuando se habla de trabajo la palabra está enlazada con un solo eje que se hace transversal: su dignidad como persona. Es claro que en el trabajo debe existir una alianza estratégica entre actividad y sujeto. La primera es objetiva, cambiante; la segunda y más importante, el sujeto que se puede convertir en hacedor o mago, el que tiene en sus manos el poder para transformar su trabajo en muy bueno, regular o malo.
Pero, nos preguntaremos: ¿cuándo un trabajo es bueno, regular o malo? Pues no es el trabajo, la acción, el acto, sino quien lo hace, quien mueve las fichas para ganar el juego. Es la persona quien tiene ese poder otorgado por Dios que se vislumbra en sonrisa, comprensión, cooperación, sencillez, aprendizaje permanente, deseos de superación, dignidad por hacer un buen trabajo. En eso se transforma o estancan los trabajos, según la ficha que mueva el trabajador.
Vemos con regularidad a muchos trabajadores que atienden público, que están en el cargo de servicio al cliente, los atienden con caras largas, con sonrisas perdidas en el espacio, con gestos muy lejos de ser agradables, con miradas fijas tal vez en sus problemas personales y no con miradas sonrientes ante el cliente.
El trabajador digno es el que con su sencillez logra triunfos diarios, éxitos por minutos, no el que espera la fecha de pago para sonreír de manera forzada solo ese día. Trabajador digno es el que no mira minutos de más después de la hora de salida, el que no tira, que no jala, que no golpea el escritorio cuando algo le sale mal o está aburrido del trabajo que realiza.
El trabajo es acción, el trabajador es el accionante, el líder, el dueño de su labor, el artífice de un desarrollo tanto personal como a nivel de su empresa. El realizar un buen trabajo no tiene medida, tiene dignidad. El trabajo es un Don preciado que Dios nos brinda.

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