Sin duda, el que las encuestas de opinión señalen el desempleo como el primero y más grave de los problemas colombianos es un asunto que demanda atención; de figurar hace cuatro años en lugar subalterno, de creérsele en ciertos círculos un mal necesario y de considerársele un problema fácil de resolver por una pronta recuperación de la economía, ha pasado a convertirse en gran rompecabezas nacional y servir de difusor eficaz de la delincuencia y por consiguiente exigir la atención prioritaria del Estado.

Solo cuando las ciudades se vieron invadidas de indigentes y en cada esquina aparecieron, se comenzó a entender y valorar la magnitud del fenómeno.

No eran en su totalidad ni en su mayoría holgazanes viciosos; no eran delincuentes en potencia, eran y son personas a quienes se les conculcó el derecho al trabajo y consiguientemente, se les privó de los medios esenciales para su subsistencia y la de sus familias.

Emigraron a los centros urbanos y al poco tiempo se les cerró sin piedad el horizonte, o errabundos y hambrientos por los campos, encontraron allí la manera de sostener y ocupar sus vidas en cultivos prohibidos.

Tras conocer las cifras de desempleo entregadas por el Dane, las centrales obreras del país consideraron que el gobierno no ha tomado soluciones reales en torno al tema; propuestas como el incremento de la mano de obra en trabajos de obras civiles como lo propuso el gobierno, no es realmente una solución al problema del desempleo.

Si bien es cierto que en el sector de obras civiles se generan algunos trabajos, eso no alcanza a que se le considere como un hecho altamente positivo, frente al fenómeno del desempleo, con el agravante de que la microempresa que genera una considerable fuente de trabajo, no se le tiene en cuenta como se debiera.

El aumento del índice de desempleo, revelado por el Dane, también generó preocupación entre los sectores industriales, renglón en el cual se ha tornado preocupante la disminución de oferta laboral; teniendo en cuenta las cifras conocidas que indican que el número de personas desempleadas aumentó considerablemente, que actualmente en el país son 2 millones 447 los colombianos que no tienen trabajo y que más de 8 millones 800 mil viven entre el desempleo y la informalidad.

Las cifras sobre desempleo conocidas, produjeron cierta incredulidad y originaron más de una controversia, dando lugar a incertidumbres y confusiones.

Ahora se trata de saber si los análisis del Dane son confiables; si el dogma que afirma que el crecimiento económico genera empleo y desarrollo social y si es necesario revisar el modelo económico como requisito esencial para lograr reducir la inequidad en la sociedad colombiana.

Las estadísticas indican que el Producto Interno Bruto aumentó el año pasado, generado por la recuperación de la confianza en el país y por el buen comportamiento de sectores como la construcción, el comercio y las exportaciones; además del éxito que han tenido los esfuerzos del Gobierno central por combatir la violencia de todo orden, así como los logros obtenidos en algunos rubros de la inversión social. Esa es la parte positiva del asunto; frente a ella, están las cifras de los voceros del gobierno que hablan de la reducción de más de 180.000 empleos durante el último año, del crecimiento de la informalidad y de la continuidad en la crisis que afecta el trabajo en el campo colombiano, lo que lo convierte en permanente expulsor de mano de obra no calificada hacia las ciudades.

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