Muchos alcanzan a perder la esperanza cada vez que llueve a cántaros sobre Barranquilla, al ver impotente cómo se repiten los mismos problemas una y otra vez, y pasan los días, los meses, los años, las décadas y nada cambia: caos en la movilidad, caos y más caos en todo.
Los arroyos de siempre. Nos libramos de los fuertes ríos de la calle 84, la calle 76, del de la calle 59, la 43, la 21, pronto del Siete Bocas, pero es que, en términos generales, Barranquilla entera es un gran arroyo, mal planificada desde que fue construida y por más buenas intenciones que tenga el alcalde en mejorar las cosas, será muy poco lo que pueda hacer, porque mientras él se deshace de uno, por otras 20 calles pasan otros, quizás no tan turbulentos, pero igual de molestos.
De momento se está trabajando en el arroyo de Hospital y en la recuperación de vías adyacentes en otras zonas, no sabemos cuántos arroyos alcance a desaparecer el alcalde y si su sucesor o sucesora seguirá intentándolo, pero no deja de ser triste que una ciudad cosmopolita como la nuestra, no soporte un aguacero porque queda literalmente paralizada, como sucedió el jueves, cosa que no sucede en otras urbes del país.
Es una situación que desmejora la calidad de vida no solo de quienes habitan en la ciudad, sino también de quienes llegan con intención de invertir o de aquellos que piensan convertirse en hijos adoptivos, es decir que eligen a Barranquilla para echar raíces.
Canalizar un arroyo no solamente no es una tarea fácil, sino muy costosa. El alcalde se ha propuesto la canalización de siete de ellos, algunos ya listos y con buenos resultados, lo cual es un avance, pero visto en el contexto de las cosas, quedaría mucho por hacer.
Esos que están canalizados son de los más peligrosos, dañinos e históricos de la ciudad y seguro cuando se terminen los otros mejorarán mucho las condiciones de la urbe, pero lo que queda por delante todavía será mucho.
Habrá que seguir identificando los arroyos más molestos, los que más problemas generan e ir trabajando en sus soluciones, así como en la ampliación y construcción de nuevas vías, de esa manera Barranquilla podrá ser una ciudad competitiva en toda la extensión de la palabra, porque tiene todo para serlo.
Ya el barranquillero está cansado de que el aguacero sea el que le arruine un día de trabajo, de estudio o de gestiones. En una ciudad seria la lluvia no puede ser la excusa, aunque en Barranquilla todos sabemos que aquí es cuestión de vida o muerte.
Reconocemos los esfuerzos que se hacen en materia presupuestal para hacerle frente a este fenómeno, sabemos que se trata de un problema estructural que se da por una falta de planificación adecuada de una ciudad que ha crecido a un ritmo vertiginoso.
La sociedad tiene que estar vigilante de que el proceso que se ha iniciado termine con éxito y que estos ríos turbulentos en que se convierten nuestras calles dejen de existir para siempre. Las futuras generaciones tienen el derecho a disfrutar de una Barranquilla amable y eso implica que se pueda transitar seguro aún en medio del aguacero.
Sabemos que puede sonar a utopía o a un sueño muy difícil de cumplir, pero de eso se vive y sabemos que el liderazgo local es capaz de hacerlo con buena gestión, alejados de la corrupción y haciendo uso eficiente de los recursos públicos.

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