“Ajá, Chaberman!!”
Con este saludo solía recibirme Don Roberto Esper desde los días de 1980 en los que, por restablecimos los lazos de amistad y de colegaje que existieron entre él y mi padre Manuel Pineda, a quien motejaban: “El Maestro”

Se habian encontrado los dos en el mercado de Barranquillita, desde los años mil novecientos cuarenta cuando el abuelo Manuel Pineda Díaz, los “conectó”, cualquier día, en el que entregaba un par de corambres de pieles de tigrillo y otra de babillas, que había traido de sus correrías por Magangué, para el negocio de pieles que regentaba Don Abraham Bribragher.

Ambos jóvenes, Roberto y Manuel, terminaron por comerciar arroz al por mayor en el mercado público de Barranquilla en la tarea que llamaban de “comisionistas” que compartían con Jorge Larios y un par de libaneses que llamaban “Turcos”, y que eran de apellidos Marum y Fayad.

“El Maestro Pineda” nos inculcó que debíamos tener un respeto, casi reverencial, para con sus amigos personales y de negocios que tenía en el luminoso espacio de Barranquillita.
Por eso, siempre y hasta el último día de su vida lo llamé: “Don Roberto”.
Saul Chaberman, a quien apodaban “El Mocho” porque había perdido su antebrazo izquierdo y su giboso y cojo hijo Marcos, ambos judíos polacos, fueron de los empleadores con quienes trabajó mi papá en los años en los que los Janna, los hermanos Gloria Escobar, Vergara, Esper, Quintero, Contreras, Pinilla y Cure, formaban parte del circuito de molineros que articulaban a la Mohana y a Magangué con los mercados de consumidores de la Costa Caribe.

En esas anduvieron hasta muchísimo antes de que Valledupar entrara en el negocio de la molinería, de que los hermanos Ghisays se aventuraran en la producción de maquinaria arrocera capturando el mercado de Venezuela; antes de que Ricardo Char expandiera su negocio de droguería y se diversificara al del expendio de alimentos semiperecederos y al detal y antes de que David Herrera diversificara sus negocios de agenciamiento comercial hacia la molinería arrocera, al de logística finquera y al mayoreo de café, panela, chocolates y confites.

Allí, en Barranquillita Judios y Arabes de diferentes nacionalidades, costeños de toda la región y “cachacos” de todo el interior del país, construían y mantenían operando, día a día, la preponderantemente estructura comercial de la ciudad, en los tiempos en los que Sears y los Almacenes Tía y Ley, ya le abrían los ojos a los comerciantes barranquilleros acerca de las nuevas formas de vender que demandaban transformaciones en el negocio de los abarrotes como los de Antonio J Mendible, Christian González, Aníbal Cañas, Oswaldo Miranda, los Hermanos Russo Landi, los Plata, los Sarabia y los Sánchez, en el Callejón de los Meaos, y los del Granero La Unión en el Mercado de granos, entre otras decenas de abarrotes, que surtían a los tenderos de barrio.

De los tenderos de entonces y de los de ahora, se decía y se dice, que “están condenados a desaparecer”.
Sin embargo, aquella profecía no se ha cumplido en Barranquilla.
En esta Ciudad, al igual que ocurre con las cepas de los micro organismos vivos, las tiendas y los tenderos mutan y resisten los embates de las cadenas comerciales y de las grandes superficies.

Fueron más de cincuenta años de transformaciones materiales, en los procesos y en los hábitos de consumo de las que Don Roberto y los comerciantes del Mercado Público de su tiempo fueron generadores principales.

Soy de los que sostiene que la Academia Barranquillera, en especial las Universidades que cuentan grupos de investigaciones económicas, acreditados en Colciencias, tiene una deuda con Barranquilla en lo que hace al estudio de las empresas y de los empresarios- distintos a los manufactureros- que en el período 1950/1980 tuvieron la capacidad y la disciplina para la acumulación que les permitió especializarse e integrarse verticalmente dentro del mismo comercio al detal de víveres y/o para diversificarse en otras ramas de la economía como los espectáculos, los medios de comunicación, la salud, los seguros, los negocios inmobiliarios y la producción de bienes de capital.

En ese contexto, el caso de Don Roberto Esper Rebaje y el de sus empresas debe ser estudiado junto con las ejecutorias empresariales de los Char, de David Herrera, de los hermanos Ghisays, de los Quintero y de los Janna, entre otros.

Este empresariado invisibilizado por la Academia y por los Centros de pensamiento, debe ser preservado para la Memoria Urbana, si se quiere entender el proceso de las elites empresariales, sociales y políticas de una ciudad que, con ellos, cambió su perfil económico y urbanístico para empezar a ser lo que es hoy.

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