Barranquilla: Templos y ciudad

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Al igual que todos los años, en este volví a cumplir con el ritual que nos convoca a renovar nuestra Fe alrededor del Dios presente en la Eucaristía, recorriendo “Los Monumentos” que en los templos católicos de cada barriada se edifican para rendirle culto de adoración a la Sagrada Forma en “La Reserva”.

No me voy a meter en discusiones acerca de si aquella, la presencia de Dios en la Eucaristía, es real en la Comunidad y simbólica en el ácimo; o de si estamos frente a una discusión teológica o simplemente epistemológica, una cuestión de ciencia o de creencia para, en seguidilla a las respuestas que el lector se dé, proceda a escudriñar en estas líneas con variado entusiasmo o a que pase la página en busca de asuntos más interesantes.

Diré que esta no es una reflexión sobre el principio ético que nos recuerda que el cuidado del cuerpo humano, contenido por la piel, es un deber moral toda vez que él es “Templo del Espíritu Santo” y de que, por lo mismo, es inviolable.

Más bien acotaré el campo diciendo que voy a referirme a los templos como formas materiales, como células especializadas de la piel de la Ciudad.
Esto de “la piel de la Ciudad” más que una metáfora, es una manera de comprenderla como un ser vivo. Dotada de un alma, conflictuada y conflictiva.
Con ocasión del reciente incendio de la Catedral de Nuestra Señora en París pudimos comprobar la existencia de la piel de la Ciudad, de este “contenedor/ continente” de lo vivo y animado, y la de las células especializadas.

El parisino sentía que algo de sí mismo, de ese espíritu colectivo que anima a la “Lutecia Parisinorum” se iba, desaparecía para siempre… Millares lloraban en silencio o imprecaban al cielo. Tal como ocurre cuando la flama entra en contacto con la piel, el grito adolorido anuncia el dolor de lo vivo.

Con ellos, gentes de todo el mundo los acompañábamos impotentes, del mismo modo como lo hizo la Comunidad Mundial entonces, además con rabia, cuando los bárbaros talibanes dinamitaban, después de las fiestas del Aid al Adh, las dos estatuas de Buda que guardaban diecisiete milenios de historia en el desierto de Bamiyán y que también habían sido declaradas patrimonio de la humanidad.

A poco, empresarios franceses y de otras naciones europeas comenzaron a ofrecer, al principio unos pocos, luego decenas y centenas de millones de Euros hasta conformar una bolsa suficiente para restaurar, en 5 años, aquel monumento que contiene, como uno de los nodos que los inflama, el espíritu de la Ciudad, el alma de Paris.
Más, ¿quién dijo miedo? Los “Chalecos Amarillos” y los sindicatos que negocian mejores condiciones laborales, mejores remuneraciones y mejores expectativas de bienestar con Macron y con el empresariado local y europeo, tronaron ante el flujo de donativos: “Ahora queda probado que no es cierto lo que argumentaban para negar nuestras peticiones. Ahora todos sabemos que sí tienen con qué financiar las aspiraciones de los trabajadores. ¿O es que sí tienen para Notre Dame y para nosotros no?”. Era una especie de reclamo entre la piel escoriada del dedo pulgar, sin el cual el “homo faber” nunca hubiera existido, y el aparentemente inútil, amigable y vinculante dedo meñique reclamando reconstrucción y prótesis.
Así es la piel. Local en el dolor, totalizante en la reacción y razonable en el juicio, hasta un cierto límite porque, cuando el dolor es abrumador, se anula la capacidad del ser vivo para defenderse.

Esa capacidad que tienen esas “células de la piel urbana”, ¿obedece a un diseño previo o, más bien, le es asignada por el citadino- usuario de la Ciudad- o por los ciudadanos- quienes deciden sobre ella- con el paso del tiempo?
Creo que ambas cosas se han dado en el planeamiento de esas ciudades obedeciendo razones políticas, económicas, sociales o culturales. Pero, en el “Caso Barranquilla” esto de la historia no aplica, porque la Ciudad antes que piel parece estar contenida por un odre, un añadido de pellejos, pedazos de piel muerta, de los que se prescinde y se intercambian, sin pena ni gloria

Uno de mis sobrinos, viajero por el mundo, me escribió en aquellas horas: “Ah..! Qué cagada tío… Nunca me tomé una foto en Notre Dame…”

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