La atroz Campana de Huesca, de Ramiro el Monje: Hay que matar a los líderes de la oposición

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Por: Pepe Sánchez

Nació el 24 de abril de 1086 Desde muy joven pasó su vida dedicado a la Iglesia, primero como monje en el monasterio francés de San Ponce de Tomeras; luego como abad de San Pedro el Viejo (Huesca) y, por último, como obispo de Roda. Nadie pensó que como rey, tendría que tomar una decisión tan monstruosa.

En poco, muy poco, ha cambiado el mundo desde la Edad Media hasta nuestros días, en materia de enfrentar a los adversarios políticos. Hoy, los oponentes son hechos desaparecer o asesinados de manera pública; antes era igual, pero con una circunstancia diferente: Las ejecuciones se hacían de manera ostentosa, cruel y escabrosa, para “escarmentar a los que quieran imitarlos”, como se señala en las Crónicas de San Juan de la Peña, en las que se narra la espantosa historia -o leyenda, quién sabe- de la Campana de Huesca.

-Ramiro II, tercer y último de los hijos de Sancho Ramírez y Felicia de Roucy, nada hacía prever que Ramiro llegaría a gobernar. El suyo era un destino eclesiástico. En su infancia y juventud en el monasterio benedictino de Saint Pons de Thomières (San Ponce de Tomares), donde era abad Frotardo, después al frente de la abadía de Sahagún. Acababa de ser elegido obispo de Roda cuando murió su hermano Alfonso el Batallador y se vio proclamado rey por las ciudades aragonesas- indican las citas Crónicas de San Juan de la Peña.

Se cuenta que Ramiro, a quien apodaban El Monje, encontró una corte llena de intrigas -como eran casi todas las de su época- con una nobleza que se burlaba de él por ser “muy manso y casi inútil en el manejo de la armas”

Al no haberse podido ganar el respeto de sus vasallos, Ramiro vivía en tal estado de depresión e intranquilidad que descuidaba sus tareas de gobierno, por lo cual el reino de Aragón estaba próximo al caos. Según los historiadores, Ramiro El Monje enfrentaba cuatro grandes problemas:

-Las iniciales revueltas nobiliarias, la articulación política y militar de un nuevo reino que se había ganado por las armas durante el gobierno de su antecesor, una economía en estado de crisis y su sucesión, pues como miembro del clero, no estaba casado ni tenía descendencia- dicen tales Crónicas.

Ante la singular coyuntura, Ramiro no vaciló en solicitar ayuda y para ello, le envió una misiva a quien había sido su abad y consejero en su juventud, durante su época de fraile, el abad Frotando de Saint Pons de Thomières.

Este fraile, al leer el mensaje, no pronunció una palabra. Por señas, hizo que el portador de la carta lo siguiese hasta el huerto sembrado de coles y allí agarró una hoz.Tomó las coles que sobresalían, las más crecidas y utilizando el instrumento de labranza, las fue cortando una a una, siempre en silencio, hasta terminar.

-Ahora -le dijo al sorprendido mensajero- ve donde tu señor y dile lo que has visto. No necesito decir nada más.

Ramiro cuando se enteró de la respuesta,convocó a toda la nobleza al Palacio, diciéndoles que quería hacer una campana, cuyo sonido se escuchase en todo el reino. Los cortesanos, creyendo que en verdad el rey estaba loco, acudieron presurosos a burlarse, pero no tuvieron tiempo para hacerlo.

El monarca ordenó que quince de ellos fueran apresados y que los decapitaran enseguida.Las cabezas de los decapitados fueron colgadas con forma de campana, y enseguida hizo entrar al obispo Ordás de Zaragoza y se le preguntó si la obra estaba terminada.

Este último, aterrado en verdad sólo acertó a decir que sí, pensando en lo que le aguardaba: -A esta campana le hace falta el badajo para que suene bien fuerte y su sonido pueda escucharse en todo el reino- dijo Ramiro, ordenando que también lo decapitaran y colocaran su cabeza en el centro del instrumento.

-¡Váis a ver la campana que he hecho fundir en los subterráneos para repique a mayor gloria y fortaleza de Ramiro II! Estoy cierto que su tañido os hará comedidos, solícitos y obedientes a mis mandato…! -dijo tras esa última ejecución, según cuenta el historiador Concepción Masiá Vericat.

Este atroz suceso, fue recogido por el artista José Casado del Alisal, quien mostró el horror que se dibujó en los rostros de los nobles en un cuadro pintado en 1880 que se exhibe en el Ayuntamiento de Huesca y que se ha convertido en icono de la leyenda- dice la historia

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