Delfia Ramírez De Vilardy: In memoriam

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Recordarla hoy a dos años de su partida, es considerarla desde tres vías, que ella supo plasmar en su vida: la crítica mediante el humor; la depuración y superación; y la aceptación de un Ser Supremo, que Delfia sentía en su alma y en su existir, todo ello dentro de un clima de paz que con sus años estuvo presente en su trasegar.

Delfia Ramírez de Vilardy, en primer lugar, fue un proyecto de vida haciéndose habitualmente, como la mejor expresión de la mujer Caribe: triunfante fue su papel como madre y educadora. En segundo lugar, supo restaurar todo lo que en el ardor de la lucha le arrebato el destino. Esta actitud significa en ella originalidad individual creadora: ella se refugió creadoramente en el saber educar, que fue un goce bien logrado en su ejercicio magisterial, en la educabilidad de niños en El Banco (Mag.) en los pormenores de la cotidianidad formativa, en la delicadeza de sus actuares, en el recogimiento interior, en la difícil sencillez, en la formación en valores.

Delfia, en consecuencia, supo diversificarse entre múltiples acentos a la que la convocaba la vida, pero, se destaca en los más excelsos: haber sido una buena madre y una excelente educadora, a estos roles, supo otorgarle una entonación directa y sencilla, que se contraponen a la deshumanización hoy del quehacer pedagógico y de los lazos maternales, que parecen ser meramente decorativos.

Delfia, mi tía Delfia, era vida interior, conciencia meditativa, comunión con los suyos y con el prójimo. Trataba de auscultar el alma recóndita de sus hijos, amigos y la de sus alumnos y podía leer el misterioso libro del silencio de nuestro recogimiento espiritual: ¡cómo olvidar los muchos años que viví en su casa! Fueron años de aprendizaje: era mesura y armonía. En la distancia del tiempo eterno, que hoy nos separa de ella, podemos pensarla como una simbolista del saber discernir. Sus encuentros representaban el afinamiento del alma para poder escuchar nuestros silencios y ver las sombras. Ese era su propósito misional como acompañante, que supo guiarnos, en ese compartir con sus hijos (Elizabeth, Antonio y Jaime). Siguiendo al gran poeta nicaragüense, Rubén Darío, sus charlas y compartires, eran “cantos de vida y esperanza”.

Su vida, fue una modulación en forma ordenada durante sus tantos años, y si bien se abrió al mundo contemporáneo, no por ello dejó de mantener una comunión con el mundo de su ayer: supo comprender, en definitiva, lo sustancial, y no agotarse en ese absoluto en que el presente se convierte en moda. Vivió con la vida, no con la velocidad fulgurante, que a veces nos concede el tiempo y el espacio, sino que supo dejar que la Providencia llegara a ella con su mensaje de vida: sin tregua, siempre estuvo en busca de esa resonancia emotiva y profunda de todo lo de Dios. ¡Cómo olvidar los meses de mayo, cuando hacíamos el Santo Rosario! (transcurrían los encantadores años setentas en la “Ciudad Imperio de la Cumbia”, en El Banco).

En todo caso, y en los encuentros, que no dudo en llamar pedagógicos, las charlas con Delfia se tornaban admonitorias, que terminaban por infundir un matiz humano y la reiteración de los mensajes que dejaba en los diferentes temas y motivos de sus encuentros en la terraza de su casa en El Barrio “Pueblo Nuevo”. Su perfil como educadora fue más allá del simple “dar clases”, y es que la complejidad multifacética de la “Seño Delfia” se convirtió en un verdadero apostolado, cargándolo con energía y entusiasmo: sus sentidos se encrispaban ante su misionalidad como educadora. Fue la Maestra que asumió en silencio el desgano y abandono en que por los años 60 del siglo pasado, el Estado tenía en un completo abandono a los educadores (debemos recordar, que ella y Edenny Mora Gil participaron en la gloriosa “Marcha del Hambre: 24 de septiembre de 1966).

Lo que sin decir del todo, Delfia alcanzó a transmitirnos constituye, a nuestro parecer hoy en día, es su experiencia de vida, que siempre será entre quienes nos educamos a su lado, nuestra eterna contemporánea. Fue una Delfia pensaroza, que siempre la rondó, y lo supo hacer a lo largo de su trayectoria de vida como madre, como amiga y como educadora: no turbar, sino contribuir con el otro a su afirmación de vida. En tal sentido gozaba impulsando entre los estudiantes sus curiosidades inteligentes capaces de lanzarses en las aventuras de la vida. Este papel de inquietadora constante, ha hecho de Delfia, un índice en el sitial de la obra “Diccionario de Educadores del Caribe colombiano”, de próxima aparición. ¿Cuál es entonces la importancia de Delfia Ramírez de Vilardy dentro de la educación del departamento del Magdalena, y concretamente en El Banco? Que desde su trayectoria se hace necesario siempre encontrarse consigo mismo: ella era sorpresa y sabiduría, considerando el educar como un arte, como un alfiler que nos aguijona constantemente, para ser un perpetuo movimiento y un continuo ser cada día más y mejor. El enseñar estuvo en su marcha y dentro de ella, su obra personal: la educación de sus hijos.

Su dicción, su lenguaje, como bien lo pueden revelar sus amistades era forma y gesto que tomaba cuerpo mediante su escritura: sus cartas así lo indican. Su escritura, en consecuencia, era como algo que se estructuraba en su cotidianidad de manera orgánica y funcional, y cuyos valores era la pureza del lenguaje encarnado en el día a día, transmitiendo su mensaje como algo muy sentido, logrando una mezcla de júbilo y cotidianeidad que no solo precisa sino amplia, para limpiar las impurezas en el hablar.

Podemos decir, que era una especie de higiene al hablar, que gracias a estos compartires con ella, percibíamos la cálida luminosidad de amistad y cariño de nuestra Delfia. En ese lenguajear con ella, sentíamos que su palabra devenía majestuosa: era la visión del buen hablar, en que tanto nos insistía, pues al hablar nos contemplamos nosotros mismos. Y, esta debe ser una excelsa cualidad en todo educador. Delfia, no fue una licenciada en español o en literatura, fue una gran normalista, pero si fue una artista del hablar y la palabra. Lo distinguen sus cartas y conversaciones, donde se sienten los afectos, la plácida amistad, la alegría y hasta la tristeza: era una armonía amable entre la sobriedad del estilo y la altitud mental.

Hoy en el recuerdo de lo mucho que compartí con ella y con sus hijos y amistades, podemos decir, haciendo nuestras las palabras del Libertador Simón Bolívar a su Maestro Simón Rodríguez: “No he podido en ningún momento borrar una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado, siempre presentes en mis ojos intelectuales, los he seguido como guías infalibles”.

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