Los “odiadores”

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Frente al reto sublime del amor tengo que decir que mucha gente elige el odio, el resentimiento y el rencor. Abren su corazón a estos venenos baratos y peligrosos y dejan que sean ellos la chispa que estimule sus recuerdos. A este tipo de personas yo los llamo “odiadores”.
Esta gente descubrió que conjugar el verbo odiar en todos sus tiempos es más cómodo y menos exigente que asumir el reto valiente de atreverse a amar. Prefirieron seguir pensando que son mejores que los demás, que los malos y los culpables son los otros, que odiarlos es no sólo necesario sino hasta bueno porque de este modo quienes no les agradan se mantiene lejos e inofensivos. Los “odiadores” entendieron que con su odio pueden, sin tocarlos, seguir vengándose de aquellos que declararon sus “enemigos” la vida entera.
Los “odiadores” con frecuencia se atrincheran en su resentimiento eterno y pasan el tiempo procurando las excusas más estúpidas e increíbles para no avanzar, para no cambiar, para no crecer. Piensan que en cualquier momento serán atacados y hacen del odio su armadura para protegerse. Para ellos no es posible aceptar a los otros como son. Esa es una exigencia de los que aman; los “odiadores” están por encima del amor y se sienten eximidos de él. Los “odiadores” buscan sólo la proximidad de aquellos que son iguales, de aquellos que nunca se atreven a cuestionarlos, de los que sólo abren la boca para elogiarlos y sacrifican su esencia con tal de agradarlos siempre. He aquí la razón por la cual muchos de aquellos hombres y mujeres que son inteligentes y libres tienen tantos “odiadores”.
Odiar es fácil porque no exige sembrar, podar, domesticar y cuidar. Quien odia se envenena con su sentimiento profano esperando cortar un día todas las flores del mundo que una vez le hirieron la mano. El corazón de los “odiadores” vive oscuro y se va pudriendo a pedazos. Para un odiador su día, aunque esté brillando el sol, es siempre una lenta y terrible noche. Con el paso del tiempo es posible que el “odiador” descubra de repente una mañana que por dedicarse a odiar su vida toda ha sido un grande fracaso.
Odiar es fácil y por eso la mayoría de los “odiadores” no pasan de ser unos cobardes; ellos no tienen que vencer su ego, no tienen que domesticar su orgullo, ni siquiera tienen que intentar la osadía de pedir perdón. Están convencidos de que es mejor acostumbrarse a su odio eterno que intentar una liberación que exige la urgente posibilidad de amar. Los “odiadores” se creen muy astutos porque sólo luchan las batallas que van a ganar al tiempo que minimizan los riesgos y las probabilidades de situaciones que no están en sus planes. Es posible que venzan siempre, pero es posible que no convenzan nunca.
Los “odiadores” son peligrosos. No sólo porque el odio es el veneno con el cual se asesinan a sí mismos, ni tampoco porque su resentimiento es un remolino que los engulle y ahoga, ni siquiera porque su rencor es un virus maldito que los carcome por dentro y pudre su existencia… Los “odiadores” son peligrosos sobre todo porque quien odia busca solidariamente compartir su veneno para que los demás mueran con él. Los “odiadores” procuran que su fracaso sea el fracaso de todos, usan su infelicidad para amargar la vida de los otros. Su odio los lleva, antes de terminar de podrirse vivos, a fabricar una bomba que sea capaz de partir por la mitad al mundo mientras ellos sonriendo ven como todo se acaba. ¡ De los “odiadores”, Líbranos Señor!

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