Tanto tienes, tanto vale

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Un joven de amplia sonrisa y mirada inteligente, parecida a la de que hace gala, pero con guasa, un viejo y de veras talentoso condiscípulo y colega de quien esto escribe, pretende sobresalir como ingenioso entre sus compañeros, que en su primer día de clase, por invitación del profesor, expone sobre lo que aspira a ser o desea lograr cuando, con título en mano, egrese de la veta proveedora de alimento intelectual a la que accedió en franca lid, tras superar a miles de pares que no alcanzaron el puntaje fijado por la Universidad, que quedaron en lista de espera o desertaron de sus aspiraciones y tomaron otros rumbos. El mozalbete, con expresión al parecer ambigua, se regodeò en su propósito de enriquecerse patrimonialmente, que el profesor en principio no entendiò por la diversa connotación de esa palabra, entre ellas acaso la de intelectual. Pero ante la enfática manifestación del parlante, el docente, con ánimo de eliminar la duda, inquirió: ¿cual? ¡Económico, profesor, económico! El desconcierto causado con la respuesta, porque en lo que se estaba era en una presentación personal dirigida a establecer afinidades y coincidencias, el docente lo miró con ojos compasivos y le dijo: ¡Tenga cuidado; la carrera desbocada puede ocasionar accidentes!
La actitud del discente no fue de arrogancia, ni de insolencia. Fue de sinceridad, de franqueza. Eso sintió, eso pensó y eso dijo, ignorando la trascendencia de su respuesta, y tal vez creyéndola ingeniosa. Si bien fue caso único en la referencia de marras, es muy posible que la misma convicción la tenga buena parte de las generaciones de relevo, que están naciendo en un medio en el que los principios y la ética parecen caducos, rémoras o cosas del pasado. El valor relevante es el numerario. Se vale lo que se tiene, no lo que se es. Por eso no asombra ningún escándalo, que casi se considera, se tolera o se acepta como expresión cultural. Muy pocos se alarman de que el dinero de todos se esfume en manos de quienes tienen a su cargo el manejo, y no es exagerado afirmar que quienes lo dilapidan o se apropian de él despiertan admiración, gozan de prestigio y son referentes para solución de calamidades, a pesar de encarnarlas. Esa especie de aire mefítico invade todas las estancias y marcha a la par o quizá con ventaja sobre la polución, que por igual afecta a todos en las grandes urbes y en caseríos ignotos. Pero, aunque parezca ingenuo, cabe preguntar hasta dónde se va a llegar o quizá con sentido menos derrotista cuestionarnos, qué debemos hacer.
Es una crisis social que ha sobrepasado todos los límites del asombro y mueve a pensar hasta el infinito. En su “Contrato social”, Jean Jacques Rousseau, en teoría hoy muy en entredicho, dijo que al nacer el ser humano carece de pensamiento moral o social, para darle forma y carácter de axioma a la expresión de que ”el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Pero sin versación en la materia y menos de aproximación a la genética, ejemplos palpables demuestran cómo personas de vida parásita o descompuesta procrean mentes superiores antagónicas, lo que hace pensar en la realidad de que no todo está perdido. Que hay mucho por hacer. Que todos los humanos en esta Colombia en que vivimos y tanto queremos, tenemos una deuda común. Una autodeuda, que debemos autopagarnos. Y un buen comienzo podría ser el esmerarnos en la realización de un esfuerzo común para el reecuentro en los valores más caros a la sociedad, comenzando por su configuración primigenia, la familia. Desde ésta debe acometerse la tarea, a paso lento, no importa, pero seguro, porque de no hacerse seguiremos caminando a ojo cerrado hacia el precipicio. Lo estamos viendo en las disputas externas e internas en que lo que cuenta es el poder o el dominio de unos sobre otros. Necesitamos recuperar el valor del ser, pues el tener es secundario. Cuando nos asomamos a la vida llegamos sin nada, y al partir nos vamos igual.

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