La supremacía escarlata

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Tengo desde hace días, señores lectores, un sentimiento de inconformidad, tal vez absurdo, causado por ideas que llegan a raudales a mi mente y que son, concretamente, cuestionamientos sobre las actitudes del hombre basadas en la ambición, que lo llevan a imperar sobre los demás y sobre todo lo demás. La ambición: deseo simbolizado por el color rojo, deseo que de acuerdo a su connotación de intenso se configura, pues, con el rojo escarlata, según mis raciocinios de chalado artista. Qué mal el del ser humano de darle morada robusta a algo que lo convierte en alma rocosa, idónea para el pincel antagónico que la embadurna del tinte escarlata, que convierte a la más excelsa obra de Dios, el hombre, en alma de arte rupestre espantoso e indeseable.
“Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartían a cada uno según su necesidad”; esto es inspiración del Espíritu Santo, obra del pentecostés, donde el Señor había provisto a los apóstoles de sabiduría para difundir y vivir el evangelio. Nótese entonces lo erradicado que queda el antivalor de la ambición y el egoísmo, propio de este mundo con otras generaciones portadoras de este mal humano de nunca cesar en el trecho de la historia. La ambición nos ha llevado a parir los más horrendos imperios que tanta infravaloración y mal han causado a la humanidad. “Mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen” (Lc 2, 18); a estos imperios me refiero, a los que han dominado a costa de la muerte a sangre fría, porque permanecer en el poder es sinónimo de infundir pavor y la más sentida melancolía a los que han avasallado. La trata de negros africanos es otra manifestación del tinte escarlata luciferino, generador de una vida horrible a todos esos hijos de Dios del milenario continente, basada en la esclavitud, donde morir se convirtió para los subyugados en el único camino para librarse del horror y la indignación, implícitos en la criminal estrategia económica, donde el corazón de muchos se despojó de filantropía para ocuparlo por la negra opulencia y la avaricia, encarnadas en las abundantes y punitivas monedas. Hoy en día la ambición señorea nuevamente desde el aspecto económico, donde reiteramos en nuestro mal del dominio de otros, porque producir y producir por el empresario vuelve a desplazar nuestro ser filantrópico por el dinero, que cunde de lo material pero que hace miserable el sentido de nuestra existencia. He vivido la experiencia de escuchar las más motivantes capacitaciones sobre el trabajador de la nueva era, que no es más que un discurso adulador y persuasivo para que seamos de toditos en nuestra jornada laboral, y así ahorrarle salarios al egoísta patrono. El producir y producir por un trabajador que hace por dos, y hasta por tres, implica luchar por ser los más competentes en lo que fungimos, porque no le queda difícil al trazado cruel firmar la carta de despido, ya que afuera hay muchos esperando la anhelada vacante, no importa que laborar hoy en día se haya tornado en criadero del estrés y de la exigencia macabra, donde parecería que el patrono piensa sólo en sí mismo y poco en los demás; un mundo de luchas donde llegamos a sentir la idea: sálvese el que pueda. No les hablo de parte de ideología alguna, sino de parte de Dios, del Dios que nos enseña a saber vivir cristianamente en la riqueza o la escases: amando y pensado en los demás.
joselaraprof@gmail.com

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