Adoctrinamiento

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Me metieron de cabeza en la religión cuando aún era un niño y no comprendía nada. En absoluto. Y lo hicieron en la casa y en la escuela. Me enseñaron a rezar en rituales diarios y rabiosos de las seis de la tarde y en la memorización o repetición castradora de los textos bíblicos en la escuela. En la asistencia obligada a misa de sábados y domingos. También en las horas de catequesis o en los preliminares de la confirmación, y en los discursos cotidianos de mamá, las profesoras y vecinos. Fue un lavado de cerebro feroz y policiaco. Para creer en Dios y en el Diablo. Y nos convirtieron en seres metafísicos. Nos quitaron todas las opciones, nos maniataron la mente, nos taparon los ojos y nos sometieron a la dictadura de Dios y la religión. Fue una cruzada a muerte para obligarnos a comportarnos según los preceptos de la iglesia y el papa. Fue tan feroz el trabajo de todos los días y horas, que a muchos cristianos les cuesta descreer. Sí, nos educaron para el extrañamiento de nuestro propio centro humano. La hazaña colosal de la Ilustración no llegó hasta nuestro territorio. La conquista española le selló todas las entradas. Ser o ser. Nos recepcionaron como soldados para la causa de Dios y la colonización. Tanto, que hoy algunos nos miran con sospecha o muy mal cuando se enteran que no somos como ellos. Que somos diferentes. Claro, me dicen, todos los sociólogos son ateos. Y me pregunto: ¿A los ateos los adoctrinan y les lavan el cerebro? ¿Tienen los ateos un partido o una iglesia como los cristianos y los católicos? ¿La observación práctica de la cotidianidad de la escuela no nos revela acaso, que el partido de la escuela es la religión? Adoctrinar es una práctica para el reclutamiento o para ganar adeptos. Y lo increíblemente cierto es que la escuela no tiene partido político. Si lo tuviera, como piensan algunos individuos torcidos en el país, lo más probable es que Uribe, ni Duque fueran hoy, uno expresidente, y el otro presidente de la república bananera de Colombia. El miedo del adoctrinamiento de los que levantan la bandera de la censura en estos días, es el temor a perder en el futuro este poder de veto. Quedar desbancados. Adoctrinar es infantilizar al otro, cortarle las alas de la libertad. En el fondo del alma es el miedo a la diferencia. Homogeneizar el pensamiento, o la proliferación de lo igual, es la tarea de los censores. Expulsión de la negatividad, de lo distinto, como sostiene Byung Chul Hun. Desaparecer el otro. Sócrates, el filósofo incomparable, singular e incalificable fue condenado – censurado – a la cicuta por corromper a los jóvenes. No se les olvide que el adoctrinamiento y la censura nos pueden llevar a otro tipo de inquisición. Sí, a la muerte.

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