La última guerra

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Dando una ojeada rápida a la historia de los hombres vemos que de modo infortunado pero real el tema de las guerras, las luchas y las batallas ha estado presente siempre. No nos debe causar orgullo pero no podemos negar que desde la primera mañana de la creación hasta el día de hoy nos la hemos estado siempre peleando.

En un principio, los hombres pelearon con la naturaleza; enfrentaron lluvias, terremotos y huracanes; lucharon con el sol; tuvieron que adaptarse a las condiciones de cada una de las estaciones; abrieron el vientre de la tierra para procurar comida. Los hombres enfrentaron fieras monstruosas que no existen hoy, sobrevivieron al fuego de los volcanes y al hielo de las montañas; descubrieron maneras eficaces de matar los mosquitos y las lombrices y aunque nunca pudieron desentrañar el misterio de la noche por lo menos pudieron hacer de ella una amiga para el sueño.

Al mismo tiempo que enfrentaban la naturaleza los hombres  se embarcaron en eternas luchas con otros hombres. Al comienzo pelearon para defenderse, luego por avaricia y después incluso por amor. Vieron en los otros  a enemigos y no a hermanos. Arrasaron pueblos enteros, destruyeron ciudades maravillosas, confinaron al polvo del olvido civilizaciones enteras. Los hombres fueron con frecuencia indolentes al grito de la sangre derramada y como cosa natural, normal y básica promovieron millones de batallas y se acostumbraron a vivir permanentemente en guerra.

Las veces en que no encontraron enemigos, los hombres, se dedicaron a pelear contra ellos mismos, con sus egos emancipados o sublimados; cada uno con su inconsciente incontrolable, con sus resentimientos y frustraciones, con unas ganas enormes y terribles de poder ser aquello que no se era. Los hombres lucharon por conocerse, lucharon por aceptarse, lucharon por valorarse, lucharon por serenarse y estar tranquilos. Muchas veces pensaron que su espíritu les pedía mucho más de lo que las posibilidades físicas les podían ofrecer. Se sintieron gigantes aprisionados en el cuerpo pequeño y deforme de un liliputiense enano.

En momentos de incertidumbres de misterios y dolores los hombres también pelearon con Dios. Cuando se cansaron de pelear con todos los que moraban en el suelo alzaron la vista y se enfrentaron al mismo Dueño del cielo. Cuestionaron y desafiaron el poder divino, negaron su existencia y conveniencia, cuestionaron su autoridad y rechazaron su ayuda. Lo culparon de todos sus males y lo confinaron a vivir en los oratorios de las iglesias, en los sagrarios de los conventos y en los pasillos tenebrosos de los monasterios de piedra.

Infelizmente hoy las guerras de los hombres siguen, sus batallas no han cesado. Pareciera que pelear con alguien, con algo, con lo que sea, hiciera parte central de la naturaleza humana. Si no fuera así, si fuese una mentira, la ausencia de verdad habría podido evitar que el ambiente bélico se tornara manejable y tolerable. Hemos hecho de la excepción la regla  y quizá algún día tendremos que concluir que para vivir no era necesario regar la tierra con tanta sangre.

Sin embargo, hay ahora una última guerra que se avizora. Existen muchos atizando el fuego para hacer que peleemos con nuestros semejantes distintos y complementarios.  No sé como pero se ha venido creado un ambiente generalizado de desconfianza y hostilidad entre los hombres y las mujeres. Ellas con frecuencia  ven en ellos enemigos y ellos ven en ellas sus rivales. Todo lo que hacen ellos es malo para ellas y todo lo que hacen ellas no es digno de confianza para ellos. Ellas piensan que como en el pasado aguantaron y callaron ahora en el presente tienen que ser más protagonistas y hablar en este mundo históricamente dominado por hombres; ellos temen que el empoderamiento progresivo y radical de ellas termine creando un monstruo al que más temprano que tarde terminaran aborreciendo. Cuando ellos dicen un piropo ellas interpretan un insulto; cuando ellas reclaman derechos ellos piensan que son armas para vengarse; ellas no quieren ser mamás por ahora, ellos no quieren correr el riesgo de enamorar a quienes un día podrán llevarlos hasta los estrados judiciales.

Pienso con preocupación verdadera que si esta lucha de andrógenos y estrógenos prospera será la última que la humanidad tenga porque el día gris en  el que los hombres y las mujeres se declaren para siempre en guerra, ese día infelizmente la humanidad acaba.

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