Todos a una, Cartagena

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La escalada de precios que se produce a comienzos de cada año despeja en forma abrupta el ambiente de artificial alegría surgido de las fiestas precedentes. Y en 2019 no ha habido excepción. Los jefes de hogar y las amas de casa se ocupan en el examen del presupuesto doméstico y planean cómo lograr que el ingreso les alcance para la alimentación, las matrículas de colegio, los textos escolares, los uniformes, los servicios y gravámenes. Indistintamente, el colectivo hace cuentas para ver cómo logra que la última alza del salario mínimo, o el de un poco más, empareje al galope de los precios que siempre los aventaja en el juego de la economía y las leyes del mercado, que los ciudadanos desconocen, y aunque los padecen, aveces reaccionan con protestas que terminan en rendida conformidad por miedo a que las cosas empeoren. Desde que tenemos memoria así ha sido siempre en ciudades como Cartagena, distrito turístico y cultural, en la que sus habitantes se sienten orgullosos de ella por muchas razones, entre las cuales figura la de ser punto de convergencia clave para el solaz de colombianos y extranjeros, no solamente en junio, diciembre y enero, que era su fuerte, sino todo el año, pues la temporada turística dejó de ser cíclica y se convirtió en permanente, para fortuna de la industria hotelera y gastronómica, y el comercio tradicional y artesanal, entre otras actividades de explotación económica, lo cual tiene notable incidencia en el trabajo y el flujo dinerario, aunque el impacto positivo no se extiende a sectores de la población que se hallan en parcial o total orfandad, sin que a la vista o en lontananza se observen vestigios de que la situación pueda cambiar, para mejorar, lo que no será posible si los cartageneros no conciben una empresa de la cual todos se sientan socios.

Esa empresa debe tener como meta el desarrollo de un plan cuya estructura se erija sin temor, mezquindad, ni prevalencias. Un plan de voluntad, de autoestima y de fuerza que produzca bienestar mediante el reencuentro y el fortalecimiento de valores en el que nadie se abrogue la pureza y el derecho de arrojar a otros la primera piedra. O más que un plan de ciudad, como ordinariamente se le podría bautizar, debe ser de sociedad. En ello el tiempo es oro y el que ya pasó está perdido y es irrecuperable. Y el que sigue es aprovechable para cumplir el objetivo y no exponerse a la condescendencia humillante de quienes desde afuera lamentan que las gentes de Cartagena sean o parezcan incapaces de administrar su propio destino. Lo que se plantea no es una reunión de las tantas que se dan con diferentes fines. Ya ella existe y en la misma están presentes los ciudadanos de diferentes niveles de responsabilidad y competencia, a quienes les corresponde asumir actitud prospectiva para que se le dé curso con presteza al orden del día prefijado, bajo la rectoría líder de quienes merezcan tenerla como alcalde, concejal, diputado, congresista y la dirigencia gremial.

Las ingratas vivencias del pasado reciente no deben ser una rémora para avanzar sino acicate para que cada cartagenero asuma el papel que le corresponde. La voluntad general debe imponerse para ubicar a la ciudad a la vanguardia del progreso. Hay que mirarla como una empresa con secciones en las que cada uno de sus miembros cumple un encargo de ejecución ineludible, pero también de vigilancia, para que el esfuerzo común no decaiga. Es un compromiso en el que se debe sentir satisfacción con el éxito y dolor con el fracaso, porque el revés de la causa aniquila o afecta los intereses de todos. Y en el orden del día, con esa idea, vale recordar que están pendientes de evacuarse la protección costera, la vía perimetral, la central de abastos, el mejoramiento de la seguridad, la movilidad, el saneamiento de los caños y lagos, la protección de la niñez y otras obras que solo podrán realizarse si no se repiten los errores que la expusieron a cambiar su calificativo de heroica por el de fallida.

castroyanes@gmail.com

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