El consenso es el diálogo y el acuerdo

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En estos días de tantas decepciones por parte de instituciones, de políticos, de académicos y de no pocos dirigentes, urge volver a la reconciliación y al diálogo con los demás y con el propio medio, en el que vivimos, nos movemos y somos. Si nadie puede dar lo que no tiene es imposible amar, comprender, acoger, ser portadores de paz si uno no lo ha hecho consigo mismo.

Hay que proseguir sin desmayo los esfuerzos por hablar, por entender y darse a entender, por abrirse a la existencia dialogal.

Ocurre algo parecido a lo que sucede con el alcohólico: su problema no es el beber, sino el no poder querer no beber. El problema no es el enemigo, sino el no poder querer tratar con él. La interrupción del diálogo es el solipsismo y la muerte, porque la vida misma es diálogo constante. El otro tiene siempre algo que decir. No soy yo la única ventana por la que se ve el mundo; ni mi yo existe sin un tú y toda la gama de los pronombres personales.

El diálogo es una ciencia y un arte. Implica la ciencia de conocerse a uno mismo como al otro; es la ciencia que sabe que ninguno de estos dos conocimientos es exhaustivo, ni en mí ni en el otro; es una ciencia muy descuidada.

Quien se cierra al diálogo podrá ser lo buen estratega y lo astuto que quiera, pero no sabe hablar ni discutir ni, en último término, pensar, por muchos cálculos y predicciones que pueda hacer. Además, el diálogo es también un arte, un quehacer, una actividad, una praxis.
Mucho se ha escrito sobre el diálogo entre las culturas, pero por lo general la mesa del diálogo no ha sido redonda. Con todo ello no decimos que el diálogo deba hacerse sentados en el suelo, comiendo con la mano, bebiendo sólo agua y hablando en chino. Pero sí es cierto que uno de los errores fundamentales es pretender que todos se sienten a una sola mesa, con lo cual lo anglo-sajón sería lo más práctico.

Para todo esto hace falta sabiduría, y esta es aquel arte que transforma las tensiones destructivas en polaridades creadoras, y no por estrategia para “salirnos con la nuestra”, sino porque esta polaridad constituye la esencia misma de la realidad. La polaridad no es dualismo, no es binaria, puesto que no se rige por la dialéctica de la contradicción entre los dos polos, ya que el uno presupone el otro y viceversa. Lo mismo le ocurre al diálogo auténtico entre las personas, porque ningún ser humano es una mónada autosuficiente. No es un diálogo para llegar a una solución, sino un diálogo para ser, porque yo no puedo ser sin el otro.
A pesar de todos los obstáculos, el camino hacia la paz consiste en querer caminar por él. Este deseo de paz es ya en sí pacificador. La paz como fruto de la justicia y no como yermo silencio de cementerios.

A ese encuentro dialogal es al que deseamos que lleguen los antagonistas de hoy en el país. Que el Gobierno, como cabeza de la institucionalidad propicie ese acercamiento y acudan a él los representantes de los estudiantes, los camioneros, los líderes sociales y dirigentes opositores, para que en el ambiente decembrino se limen las diferencias y sobrevenga el acuerdo y la concertación.

El deseo de paz equivale a deseo de diálogo, y el deseo de diálogo surge cuando pensamos poder aprender algo del otro, a la par que compartir nuestros puntos de vista. Solo así, el país saldrá adelante, sin más contubernios ni encrucijadas.

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