Entre péndulos y veletas

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Cuando apreciamos la actitud de algunas personas inexpertas, dependientes, sin voluntad, autonomía ni dirección definida, pensamos en un objeto muy conocido, que se mueve sin impulso propio de izquierda a derecha, desde un punto fijo del que está suspendido en posición de equilibrio, o a otro en forma de flecha colocado sobre un eje vertical en las alturas, que siempre apunta en la dirección del viento. La primera refleja el comportamiento pendular, y la segunda, el de veleta. En ambos casos, hay inseguridad acerca de lo que se es o se pretende ser, porque el actuar individual depende del acaso. “Al son que le toquen baila”, se dice de ellas. Situaciones como esas son tan patéticas, pero reales en el acontecer nacional, en el que hay quienes hacen ver que hablan, pero su voz o imitación ante el auditorio, no es la propia sino la del ventrilocuo que pone a la marioneta a decir lo que él quiere transmitir. Es un perverso juego que en política y asuntos administrativos y de gobierno produce jugosos dividendos. Aveces la cuestión se presenta de manera matemática. A la marioneta se le pone a decir: — Pague tanto. Y según lo convenido, el titiritero alzará su voz. — Sólo menos, y nada más! A lo que la galería mecánicamente responde embrujada con loas y aplausos.

Así ocurre en nuestra sociedad. Si algún avispado quiere imponer una idea o proyecto y no puede hacerlo por impedimento legal o moral, o porque no quiera hacer el feo, se vale de testaferros a sueldo o ad honorem que ejecutarán con destreza su papel para que triunfen “sus” representados. Pero lo grave es que la ciudadanía que sufre el engaño no es consciente de ello y actúa desorientada, sin saber cómo defenderse, o tal vez creyendo hacerlo se equivoca, en beneficio de quienes siendo verdugos, como el camaleón, cambian de color para aparecer como prohijadores de bienestar. Tantas cosas podrían citarse como ejemplos de ese acaecer que sería prolijo enumerarlas. Pero una sola basta para ponerlo todo en blanco y negro. Si miráramos al país como una familia y así la sintiéramos y valoráramos, lo primero que tendríamos que defender, como presupuesto de solidez y unidad, es la jerarquía dentro de ella, sobre la base de la consideración, el buen ejemplo y el respeto. Mas no. La jerarquía existe como imposición, como dictadura, no como organización. Y así, en el cuerpo social hay quienes mandan a su manera, y otros que obedecen, también a su manera, con la desventaja para los últimos que no logran superar el vasallaje, o peor aún, la servidumbre.

El orden o línea a seguir debería ser el respeto y la unidad. En esta forma, quienes gozan de la confianza comunitaria al ser elegidos para dignidades políticas y administrativas, cumplirían honesta y lealmente con sus funciones, y pondrían a salvo valores como la honradez y la igualdad, para que no suceda, como ahora ocurre, que la generalidad de los escogidos advienen a ellas sin consideración ni respeto por quienes allí los llevaron. Y que, así afianzados, en su actuar oficial en el ejecutivo — presidencia, ministerios, gobernaciones, alcaldías — como en el colegiado — Congreso, Asambleas y Concejos — es su interés o el de su clase el que seguirá recibiendo las mejores atenciones del Estado, aveces en demasía, en tanto que quienes más sudaron para hacer posible con su respaldo que llegaran a las posiciones, seguirán tenidos en cuenta de manera incidental. No obstante, pasado un tiempo, los titiriteros volverán al mismo escenario con iguales vestimentas y mensaje edulcorante, a dramatizar, a implorar, y hasta con desparpajo, reclamar, la aquiescencia del constituyente primario — el pueblo — en cínica repetición de la burla infame que les permite seguir cabalgando sobre sus hombros. Ante lo anterior, por cuestión de simple dignidad, sólo cabe el rechazo. Al político incumplidor o deshonesto, hay que cerrarle las puertas. ¡No más!

castroyanes@gmail.com

 

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