La hora del periodista

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En el incesante y arrollador fluir de noticias de toda clase, originadas en hechos o cuestiones rutinarias o inopinadas, no deja espacio para la reposada y tranquila asimilación, pues no bien comienza a conocerse una cuando la sucede otra, en una cadena que no siempre amarra al receptor, pero con frecuencia lo desconceptúa y lo pone a divagar, en distorsión que por momentos le hace ver en el error, acierto; en lo irreal, real; en lo falso, verdadero, y lo incoloro, iridiscente, como en un tornado que le hace perder su rigor y lo lleva a buscar refugio en lo fácil, en lo inmediato, en lo que esté a la mano, cual tabla de salvación. El entusiasmo aveces desbordado con que se irrumpe en el periodismo, ahora por fortuna con el significativo y valioso acompañamiento de la academia, no siempre permite evaluar con objetividad el acontecer al que profesionalmente se le consagra el esfuerzo y hasta se disfruta, aunque no se comparta, sobre todo cuando se relaciona con hechos de impacto doloroso o triste que otros todavía no conocen, porque se piensa que el público tiene su misma fijación en la capacidad reveladora y procesadora de aquellos, por el convencimiento propio de que para el periodista las malas noticias lo son buenas para el consumo del público. Y a ello conduce la certidumbre de que quien presencia una tragedia es el primero que aguarda su registro a través de la radio, la televisión o el periódico.

No por eso, como lo dicen algunos, se trata simplemente de una profesión notarial del acontecer, y cuando se ven afectados por aquella opinan lo peor, aunque el periodista se haya ceñido a la verdad o a la fidelidad de lo que ha observado y piensa, con lo que expresa, con la obvia salvedad de que una cosa es el relato sobre el hecho y otro lo que del mismo opina, que ya entra en la órbita de la libertad de expresión, y es fruto de la apreciación personal, en la que inciden factores y valores inherentes al emisor. En estos tiempos en que la posverdad en Colombia es el duro y agrio pan de consumo diario, el periodismo tiene una tarea complicada y difícil, para no dejarse desviar del sendero histórico que le ha dado gran relieve y le ha hecho ganar respetabilidad y merecer el reconocimiento como uno de los mejores de América Latina, lo que demuestra que ha mantenido compromiso total y leal con los ciudadanos y las instituciones, simbiosis sobre la cual se yergue el Estado, y que con la ayuda decidida y decisiva de aquel, se vuelve cada vez más recio y menos vulnerable.

Sin aspavientos, podemos decir que en Colombia la presente es la hora clave del periodismo. Del serio, no del disfrazado, y mucho menos del fletado, que no merece ese nombre, sino los de mercader y mercenario. La base del periodismo es la ética. Y sobre el mismo no puede admitirse que el deber ser no tenga nada que ver con ella, como de manera atrevida, sinuosa, sin el menor respeto por quienes lo oyeron y por los cultores del pensamiento jurídico, un conocido personaje mediático voceó a los cuatrovientos y con desembozo hace pocos meses, que el derecho nada tiene que ver con la ética. Al público hay que recordarle y hacerle ver con claridad y persistencia, que el hecho de acceder con facilidad y habilidad a un medio de comunicación no hace a nadie periodista. Eso es necesario para evitar confusiones y distorsiones. Sobre el particular, tienen la palabra los verdaderos ejercitantes de la profesión, o del oficio, como lo dejó sentado la Corte Constitucional en la sentencia de la cual fue ponente el magistrado Carlos Gaviria Díaz, al declarar inexequible el primer estatuto del periodista que hubo en el país, contenido en la ley 51 de 1975. Se trata de pedagogía, no de exclusión. En aras de la verdad, hoy más que nunca Colombia necesita, exige y merece un periodismo comprometido con ella, para que no lo suplante y desvirtúe el abuso y la manipulación de las redes sociales.

castroyanes@gmail.com

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