Ya no ganan los buenos

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Una ballesta, una escopeta, un machete… estos objetos eran propiedad de un menor de 13 años. Entró armado en su instituto y asesinó a un profesor rematándolo con una puñalada en el pecho. Igual que todos sus compañeros, este chico estaba sometido a diario a miles de estímulos que nos influyen de una manera que no llegamos a comprender. Forjan nuestra personalidad e incluso pueden hacer que veamos la violencia como algo normal.

En el trayecto de casa al trabajo una persona recibe millones de inputs, mensajes e imágenes que el cerebro capta y que asimila sin que nos demos cuenta. Estos mensajes nos acostumbran a la violencia. Nos impermeabilizan al horror. Eric Smith, Joshua Phillips, Lionel Tate, Mary Bell… estos nombres se encuentran en la lista de los 10 asesinos más jóvenes de la historia. La mayoría no llegó a cumplir los 16 años antes de cometer su primer asesinato. El más joven de todos, Jesse Pomeroy, tenía solo 11 cuando fue acusado por primera vez de asesinato, en 1859. George Stinney, de 14 años, fue la persona más joven en ser condenada a la silla eléctrica por el asesinato de dos niñas. Barry Dale Loukaitis forma parte de esta lista. Tiroteó a sus compañeros del Frontier Middle School en 1996 y mató a dos estudiantes y a un profesor. En la familia de este menor había un largo historial de trastornos mentales. Entre las posibles influencias para el plan de Barry aparece el videoclip de Pearl Jam, Jeremy. En el vídeo un chico se suicida delante de sus compañeros y profesores.

Graham Young era un niño prodigio fascinado por la química y las historias de asesinos en serie famosos. A los 14 años había superado a muchos de sus ídolos convirtiéndose en un asesino. Mató por envenenamiento a su madrastra y lo intentó con su padre y hermana. Planeó asesinar a sus compañeros de clase envenenando su comida. Le detuvieron al encontrar su colección de recortes de periódico sobre asesinatos. Incluso cuando fue descubierto Young siguió probando sus venenos con el personal del hospital mental al que fue enviado. En la mayoría de estos casos los trastornos mentales suponen el factor clave para que se desencadene el ataque. También pueden estar influidos por situaciones de malos tratos o abusos por parte de sus padres y compañeros de colegio. Es común que muchos de estos jóvenes no se sientan culpables porque no creen que hayan hecho nada malo. Se ven a ellos mismos como la representación de los personajes, canciones o poemas con los que se sienten identificados.

Pueden llegar a trasladar esta identificación a casos reales que han visto en las noticias de los periódicos y la televisión. Al cumplir los 14 un niño estadounidense ha visto unas 18.000 muertes en televisión, tanto reales como ficticias. En Europa se emiten cerca de 40.000 homicidios al año. Según la Asociación española de pediatría de atención primaria lo más peligroso de las imágenes es que esta violencia no provoca rechazo en los niños porque “ganan los buenos”. Las series y las películas intentan que el entorno que crean sea “realista”, similar al que viven los telespectadores. Dan por supuesto que la violencia es inseparable de nuestra vida cotidiana.

Los medios se hacen eco de esta normalización de la violencia y buscan la sorpresa con nuevas estructuras en las noticias e historias. Es común ver en televisión al personaje de una serie de éxito acompañado siempre de armas: ballestas, escopetas, machetes…etc. Los creadores de estas series intentan romper con el esquema argumental al que los espectadores están acostumbrados. Aparecen historias en las que la violencia no sólo va dirigida a acabar con el enemigo del protagonista. En los niños esto puede provocar una confusión a la hora identificar la figura que representa el bien y la que representa el mal en una historia. Los héroes tampoco están a salvo. El horror ya rodea las historias por completo y los valores que antes las generalizaban se pierden. Se rompe el equilibrio entre el bien y el mal. Ya no ganan los buenos.

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