Falsos positivos en la educación

1856

La mayoría de los análisis que se hacen a la educación en Colombia demandan una urgente reflexión sobre los logros proclamados por los últimos gobiernos en materia de ciencia y educación que bien se parecen a los llamados “falsos positivos”, el tenebroso capítulo de la historia de Colombia cuando personas civiles -inocentes y pobres- fueron presentadas como delincuentes y guerrilleros muertos en supuestos enfrentamientos con las fuerzas militares, mostrados como resultados a cambio de recompensas. Con la denominación de “falso positivo” se alude a una terminología que ha hecho carrera en el contexto militar en nuestro país y que bien pudiera trasladarse al campo de la educación haciendo referencia a las falsas pruebas, evidencias, muestras e indicios que buscan soportar una aseveración para mantener el control social y que resultan equivalentes a la prelación por los indicadores y los productos a como dé lugar, sin importar los medios para obtenerlos, mediando por lo regular dádivas o premios (Mora, R. et al. La Construcción Colectiva en Ciencias Sociales y Humanas. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2015).

En el campo de la educación, estos “falsos positivos” traen consigo consecuencias en los procesos de humanización que se desarrollan en los establecimientos educativos de todo el país. Estos falsos positivos han venido de la mano de la imposición de la competitividad y el individualismo. De seguir por esta vía, lejos estarán los maestros de contribuir significativamente con la formación de hombres y mujeres aptos y aptas para la convivencia pacífica y la solidaridad en un contexto social calificado entre los más inequitativos y corruptos del mundo. La atención centrada en productos y resultados en el caso de la educación colombiana ha devenido con su estatus de mercancía a partir de 1991.  Con ello la educación ha puesto el acento en los rankings, en su carácter de servicio, en su conversión en campo preferente para la inversión privada y la supeditación al libre juego del mercado. Privilegiando los éxitos gerenciales gracias a las bondades de la publicidad frente a la creciente demanda de clientes potenciales (Mora, R., et al. Pensar y construir un sistema educativo Caribe. En. Solano, J., et al. Nosotros los del Caribe: 2016: 263. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2016).

El neopositivismo y las concepciones funcionalistas se configuran como argumentos ideológicos principales de la mercantilización de la educación en la medida que con ellas se instauran nuevas formas de vida social coherentes con la estratificación y de comprensión de los actores como funcionarios que cada vez requieren menores destrezas para ejecutar sus funciones, falsos consensos sociales que opacan los procesos participativos y regulaciones sistemáticas que controlan las autonomías. Se da la existencia de prácticas educativas y pedagógicas que se adecúan a esta situación en las que rigen la uniformidad y la estandarización. Como consecuencia, los espacios que antes correspondían al ámbito de lo educativo entran a ser cubiertos por cuestiones de segundo orden como la calidad, el ranking, el crédito y el estándar (Mora, R. Biografías de Instituciones de la Región Caribe. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2010). Mientras crece el apego por el resultado inmediato, el certificado y la apariencia, se pierde sintonía con las realidades de las personas. Entienden que invertir en la educación es invertir en el capital humano, en seres racionales que ganarán autonomía y capacidad para ocupar el lugar en el orden productivo que más les convenga, cuestión incontrovertible entre tecnócratas, líderes gremiales, políticos de centro  y para la opinión en general.

Si bien la teoría del determinismo económico puede ayudarnos a entender la tendencia de mercantilización de la educación como consecuencia lógica de las nuevas formas de realización del capital, bien vale la pena aventurar la explicación de su imposición en Colombia debido al predominio de las estandarizaciones como forma relevante de existencia del neopositivismo y el imperio de la calidad (Mora, R. 2012, como se cita en “Ruta Caribeña”: 2018, 241. Fernández, A. Configuración del campo del currículo en Colombia. Un viaje por la producción escrita de sus autores más representativos. Samava Ediciones E.U. Popayán, 2018).

La visión errónea de la evaluación incide en el deterioro del papel formativo del maestro, ya que lo condiciona a ser un simple técnico verificador de evidencias. Desde esta perspectiva los planes de formación no pueden limitarse al aconductamiento y solución a respuestas inmediatas condicionadas a resultados, como acontece en muchos casos para la educación básica y media con el índice sintético de calidad y que a mi juicio personal ha desembocado en los mayores “falsos positivos” desde el Ministerio de Educación Nacional.

Es preocupante que tanto en la universidad colombiana como en los establecimientos educativos de educación básica y media, los procesos evaluativos se reduzcan a un simple acto de medición desconociendo los ricos fenómenos que acontecen en las aulas y sus entornos sociales. Es por ello que se debe reivindicar la evaluación en su sentido pedagógico, pues con su valor formativo contribuye al bienestar y la sana convivencia entre los seres humanos. Despedagogizar la evaluación implica sacarla del contexto en el cual ha tenido su mayor incidencia y sentido en términos de formación, es decir, como factor que posibilita el diálogo, la reflexión y por ende los procesos participativos (Mora, R. Prácticas Curriculares, Cultura y Procesos de Formación. Segunda Edición. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2012). Se trata de un método distintivo para fortalecer el quehacer y la reflexión pedagógica en docentes del área de ciencias sociales. Por el contrario, cuando se impone el paradigma de la calidad se cae en el olvido de las personas.

Con esta tendencia prolifera el afán por los productos y los indicadores como los principales garantes de la eficiencia, la eficacia, la rentabilidad, la uniformidad y la certificación, erigiendo nuevas formas de control social desde la educación para mantener el statu quo. Pese a los múltiples desaciertos cometidos en nombre de la evaluación, ella puede constituirse en una grandiosa oportunidad para la construcción de la democracia desde la institución educativa, cualquiera sea su nivel, si es resultado de la participación de los múltiples actores. Debemos propender por un tipo de evaluación que reconozca a las personas en una relación con el conocimiento más allá de algo que ya está dado, naturalizado y elaborado. Por lo dicho, estamos obligados a reconocer que sí formamos en la cooperación y la solidaridad humana, resistimos propositivamente a un sistema educativo que promueve la competitividad,  el individualismo y alardea en festivales los pocos ganadores e innumerables perdedores.

moneri11@hotmail.com

Comentarios

Comentarios




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Hosting Barranquilla - El Hosting De Colombia