Al combate por la vida

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Escuchando a personas que en forma ligera y con cero esfuerzo o capacidad de discernimiento hablan de la pérdida provocada de la vida como si se tratara de un asunto normal o inevitable, no pudimos reprimirnos compartir con amigos y algunos conocidos el rechazo y la alarma que sentimos por la insensibilidad in crescendo de algunos sectores ante la ola de atentados contra ella. Se habla de matar como algo de rutina y hasta de darle viso de legalidad mediante la pena de muerte. En la turbia bolsa del disvalor y del crimen hasta se llega al extremo de excusar al homicida que mata menos que otro. Por eso, con desconsuelo propio y de ajenos, dijimos lo siguiente: “Aterra ver que la importancia de la vida algunos la miden según la posición ideológica que tienen. El inapreciable valor de ella no puede disculpar su extinción, ni la actitud aritmética de justificar el aplauso para quien menos ha matado”. Tristemente, con aquella espantosa filosofía necrológica se hace camino al exabrupto de justificar la publicitada expresión de que hay muertes buenas, o sea, merecidas.

El Centro Nacional de Memoria Histórica, según publicación que hiciera el diario “El Tiempo” el 4 de agosto pasado, entregó una base de datos en la que se dice que del total de 262.197 muertes ocurridas en el conflicto interno en Colombia desde el año 1.958, las de civiles fueron 215.197, y de combatientes 46.813. De ellas se atribuyen 9.804 a agentes del Estado,  y a la exguerrilla 18.925. Según el mismo diario, “los informes realizados, que responden a “¿quién le hizo qué a quién, cuándo, dónde y cómo, y que cuentan con 10.236 documentos y bases de datos como fuentes, llama la atención sobre el hecho de que la peor parte del conflicto la sufrieron los civiles y no los combatientes”. Y algo no tan conocido de los victimarios de todos los lados, pero aterrador desde el punto de vista de las comparaciones: “El mayor victimizante, entre los tres principales actores del conflicto (guerrilla, paramilitares, fuerza pública), sin duda fueron los grupos paramilitares, de acuerdo con el informe”.

La citada publicación estremece, sobrecoge y produce inmenso dolor. En las cuentas oficializadas, de la confrontación hay 80.514 desaparecidos, “de los cuales 79.288 fueron civiles y 1.220 combatientes”. La pérdida de la vida de cada campesino, hacendado, trabajador, empresario, soldado o policía, privó directamente a las miles de familias afectadas y a Colombia de grandes sueños y esperanza. Por eso la historia no puede repetirse. Y uno de los remedios que podría ayudar a fortalecer los valores de la existencia y el convencimiento de que nadie puede disponer de la vida de su semejante, como última ratio no es sólo la cárcel, el arrepentimiento de los culpables, la reparación y la oferta sincera de la no repetición, sino algo curativamente superior, como es la verdad. Esta es quizá la fórmula salvadora frente a la inverecundia. Pasado el desastre, no es posible devolver la historia. Pero el valor y la presencia de la verdad sin  duda ayudará a aliviar la pena y el dolor de las madres, padres, hijos, hermanos, parientes cercanos y lejanos, y los amigos.

La verdad es de inmenso valor y tiene que aflorar y reafirmarse en el proceso de paz en marcha, que no es de nadie en particular sino de todos. Su implementación y avance no pueden detenerse, pues ese es el camino adecuado teniendo la verdad como enseña, para renovar entre nosotros y ante el mundo la grandeza de Colombia. El triunfo sobre la guerra y el odio será de todos. Por ello, sin mezquindad y sin distingos, los hijos de esta nación estamos llamados al combate y a responder: ¡Presente! Sí al combate de la racionalidad, la tolerancia y el respeto, y por lo mismo, llamarnos a gritar: ¡Viva Colombia, nuestra patria!.

castroyanes@gmail.com

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