Deje esos acuerdos en paz

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El país no es de dos ni de tres ni suyo, señor Duque, es una distribución que alteraron en un descuido de la racionalidad y usted tiene que recordar que hay mucha más gente.

Ahora que ya se acabaron la tormenta, la farsa, los desesperados intentos, el miedo y las mentiras de las elecciones que no se sabe si ganaron los electores o el Registrador, viene la tormenta de un gobierno con un presidente inmerso entre la guerra y la paz rodeado de toda la pléyade de las maquinarias vivas y decadentes y en la disyuntiva de escoger entre pararse en la raya y salvar la histórica hazaña nacional cuya dimensión diez millones trescientos mil colombianos o un Registrador no han podido entender y él salir por la puerta grande, u obedecer a su “patrón” y terminar hecho trizas con todo y acuerdo odiado no sólo por cincuenta millones de colombianos sino también, por odiar la guerra, por el continente y el mundo entero. Es que el mundo, excepto unos cuantos anormales, odia la guerra hasta el tuétano y ama intensamente la paz a pesar de la perdida valores y usted, señor Duque (no se extrañe que no le diga presidente, porque es ética ciudadana), cuya renuncia hubiera sido victoriosa por no ser estadista y por quienes está rodeado, tanto así que se lo recomendó Mancuso en carta pública por haber “llevado del bulto”, tiene la implícita e inobjetable obligación civil y moral de ser coherente y responsable con sus deberes de hombre civilizado y desechar el injustificado e innecesario capricho de una golondrina aislada y respetar, incluso por encima suyo, el clamor general y angustiado de la bandada completa. El clamor general es que deje esos acuerdos en paz, señor Duque, no los toque, porque sus enemigos no se detienen y los tiempos no se repiten y porque lo malo que ve en ellos no está en esas páginas sino en el proceder de quienes, por haberse excedido en sus actos o quedado por fuera, quieren hacerlos trizas para lucrarse de la guerra o acomodarse en ellos para sacarle provecho. Acuérdese que llegó un momento en que ustedes los ricos sólo podían ver sus haciendas y sus ganados en video; para contrarrestar eso crearon los paramilitares y la situación no cambió mucho porque entonces no eran sólo las Farc sino la guerra, pero ahora ustedes, los ricos, gracias a la desmovilización de las Farc, tienen mucha más tranquilidad y caminos y carreteras más despejadas para contemplar, incluso, los paisajes que habían perdido. Se ha dado un salto inmenso, señor Duque, inmenso pero tan inmenso y usted, que puso más que su “patrón” por sus excesos y por usted ser de una nueva generación, no puede darse el lujo de atravesarle un palo en la rueda a una hazaña que marcó la historia de la civilización y de la racionalidad y abrió las puertas para demostrarle al mundo que acá dejamos de usar taparrabos hace rato y caminamos rectos sobre dos piernas. No olvide que el mundo, ese mundo testigo y coparticipe por odio a la guerra, nos vio como dementes y suicidas cuando millones de colombianos fueron engañados consentidamente y votaron por la guerra nadando en la sangre de sus propios hermanos. Es hora de que usted, en defensa incluso de su propio pellejo, se asesore bien y procure limpiar ese pasaje oscuro de la historia que todavía nos atormenta. Lo que ha sucedido después de los acuerdos de la Habana es hermoso a pesar del toda el agua sucia que le han echado, señor Duque; la vida ha empezado a sonreír, hay luz donde la oscuridad no dejaba ver nada; agarre el timón y sujétese a él con sólo usted a bordo, no mire hacia atrás, no oiga, no escuche, no obedezca, mande, ordene, no trate de ser estadista porque no puede pero es suficiente con ser un hombre puesto en su lugar inicial ocupado única y exclusivamente en sus deberes y obligaciones gubernamentales.

Neorreal@hotmail.com

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