“Lo dejé todo por no ver a mi familia morir de hambre”: Así sobrevive un venezolano

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“No es fácil salir de tu terruño y emprender un viaje sin futuro, pero lo más difícil es tomar la determinación y saber que no hay vuelta atrás. Porque nos toca dejarlo todo por necesidad, saber que tienes hambre y no poder comprar alimentos, sentir el llanto de tu hijo, la tristeza de tu mujer o la de tu madre y hermanos que cada día se les pega más el estómago por la escasez y de paso no saber como solucionar, eso es bravo”, enfatizó un hermano venezolano que deambula por las calles de Soledad, Malambo y Barranquilla buscando oportunidades pero son más las puertas que se le cierran que las que se le abren.

Julio, un hombre de mediana estatura, agobiado por la desesperanza y con un gran compromiso, luchar por los seis miembros de su familia que todos los días lo esperan pasadas las diez de la noche, con la ilusión que les traiga una buena nueva, pero nada, viene con 20 mil pesos en su bolsillo, una cava, dos termos de tintos a veces medios otros veces vacíos pero es lo único que puede hacer porque a pesar de tener un oficio, haber trabajado en una petrolera, prestar su servicio en la guardia nacional, con su documentación en regla y un permiso de trabajo más de una puerta se la ha tirado en su cara, otras veces ni lo miran y pocas le dicen pásate otro día, un día que no tiene mañana.

Han pasado casi seis meses cuando dejó a su país con una ilusión de mejorar su condición de vida, pero la realidad fue otra, una donde le ha tocado levantarse y acostarse sin un plato de comida en su estómago, donde lo poco que se rebuscó es mejor que alcance para que su hijo de cinco años y su madre octogenaria se tomen un caldo. Pero lo único que le da fortaleza es que fue capaz de abandonar su país Venezuela y que en Colombia lo que intenta es recuperarse de la miseria que le tocó vivir. “Pana, esto es una broma, yo tuve que vender mi casa, mi vehículo, dejar mi empleo porque lo que ganaba no servía para sostener a mi familia, yo me ganaba dos millones de bolos y una libra de azúcar, una harina o una libra de arroz costaba entre siete y nueve millones de bolos, eso no aguantaba y reuní a mi mujer, a mi madre y a mis tres hijos y les dije si nos quedamos aquí nos morimos de hambre, entonces vendemos todo lo que tenemos y nos vamos para el Ecuador y yo les prometo que en vuelta de dos años trabajando duro les vuelvo a comprar una casa, pues y así fue logré reunir 60 millones de bolos, y la ruta era hacer escala en Colombia y partir al Ecuador pero, -ríe-, no pana, al cambiar el dinero me dieron 456.800 pesos y eso no me alcanzaba entonces veo unos compatriotas que dicen agarremos para Barranquilla, y me les pego ahí charlamos y cuadramos y llego con mi familia a la Terminal y veo unas telas y unos plásticos y cientos de compatriotas arrinconados, me acerco y me dicen “nada pana, aquí no cabes, quién te recomendó? aquí solo entran los recomendados, y digo ¿cómo así?, nada, vete, vete. Entonces me tocó salir, ya la noche caía y yo decía y ahora para dónde agarro entonces camino unos pasos y veo un hotel, entro y no me tocó de otra que hospedarme junto a mi familia y allí estuve cuatro días y comienzo a contar el dinero y entre comida y alojamiento ya me había gastado un poco más de la mitad de mis 60 millones. Como quien no quiera la cosa y queriendo -echa su cabeza atrás y suelta una risa-, dejo el hotel y le digo a mi familia aguarden aquí que ahora regreso, voy a los cambuches y veo rellenado en un mecedor tomando gaseosa a uno de los panas que viajó conmigo de Venezuela hasta Barranquilla y le pregunto, ve mira como hiciste para que te dejaran aquí y él me contestó es que mi primo es el capataz, el que manda aquí, el que decide si te quedas o no. Lo miro fijamente y vuelvo a preguntarle no entendiendo y me dice tú le pagas el puesto y él te da un plástico, tu sales, pides o vendes y compartes con él la ganancia del día.

“La respuesta del compatriota me indignó y me cuestioné, salgo de mi país agobiado por los abusos y llego a Colombia y uno de los míos se quiere aprovechar de mi necesidad, no no hay derecho, entonces no entré en el combo de los campeches, con mi familia nos refugiamos en los alrededores de la Terminal, a veces mi esposa, mi hijo pequeño y su madre se camuflaban en los baños y pasillos para no pasar la noche en la intemperie. Y mis dos hijos uno de 19 y una de 15 nos amparábamos en una terraza y con el pasar de las horas de la noche salía mi esposa y entraba la niña, eso lo hicimos como un mes, hasta que con la venta de confites y luego de agua logramos pagar una pieza, no tenemos camas, sólo dos hamacas donde se turnan mi esposa con mi madre, quien además de ser una octogenaria es invidente, y los niños menores.

Así estamos sobreviviendo pero lo único que nos alienta es que en medio de las dificultades nuestro núcleo familiar se mantiene. Solo les pido a mis hermanos barranquilleros que nos den una oportunidad, no nos maltraten, no nos denigren, queremos trabajar y reponernos de las injusticias y equivocaciones de un gobierno, de un sistema”.

De nuevo Julio se incorpora, toma su cava, sus termos de tinto y emprende su viaje para ganarse el sustento, a unos pasos su esposa, quien es una contadora pública lo espera con una caja de dulces en sus manos pero ella tiene que partir rápidamente para subirse a un bus, saltar un torniquete y ganarse la vida. No hay derecho a que a un ser humano en sólo días se le apague su mundo que llevaba años construyendo.

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