Democracia sin democracia

265

La democracia para concebirla tiene muchas acepciones acorde con los intereses que se inscriben en ella; pero, que a la vez desfiguran su concepción histórica-filosófica. Dado que el mundo y las sociedades inherentes se manifiestan con aproximaciones y distancias, me atrevo a afirmar que la democracia es la antesala de la ciencia, por tanto para su comprensión es necesario definir cuál es el problema planteado actualmente en los diferentes sistemas de gobiernos en América Latina y, particularmente, en Colombia; cuál es el problema central que nos asiste: sus concepciones teóricas, políticas y filosóficas, las hipótesis y variables que hacen parte de él, las estadísticas y mediciones sociales y económicas de la Nación, los factores implicados, los múltiples retos y resultados de estas sociedades con sus gobiernos, la coyuntura actual donde la derecha como un tsunami político aspira a devorar con sus estratagemas y disfraces todo lo que perturbe sus intereses oligárquicos con dominios regionales y locales; a lo cual no escapa nuestro país en el terreno de los debates y perspectivas electorales en época de cambios ante más de dos siglos de dominios de las élites criollas, sus partidos tradicionales y sus derivados encubiertos en fachadas representativas de los clanes y carteles familiares que han usufructuado y saqueado al país, fieles especímenes de la ola más alta de corruptela investigada, encarcelada y fugada del país.

Cuando observamos analíticamente el acontecer político reciente en nuestro continente americano puede deducirse cómo existe un proceso de consolidación de lo que podría denominarse de “restauración conservadora” impulsada por la derecha oligárquica después de un breve periodo de ejercicio de gobiernos postneoliberales de talante progresistas y fortalecida ofensivamente con el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos que retoma el nefasto esquema de “América para los americanos”, en el entendido que América no es más que los intereses geopolíticos y el patio trasero de las grandes corporaciones del país del norte. Así, este presupuesto genera una concepción de la democracia coherente con la percepción y revitalización de estos intereses, asumidos por las oligocracias locales, que en su propósito determinante actúan cada vez más en forma desvergonzada y sin escrúpulos en aras de retomar o retener el control de los gobiernos. Ya no es extraño las acciones abiertas, arremetidas y justificadas con descaro contra las fuerzas y sectores sociales y políticos alternativos, como si fueran acciones naturales de preservación de la “democracia”: el patente y patético fraude electoral cometido en Honduras en vivo y en directo ante los ojos del mundo, que tiene su precedente en el fraude electoral en México en las elecciones anteriores contra López Obrador; la aniquilación sistemática contra Lula en Brasil, juzgado sin pruebas y sin garantías procesales, con la clara intención de evitar su triunfo previsible en las elecciones presidenciales próximas, acción nefasta precedida por la destitución presidencial de Dilma Rousseff; los permanentes saboteos a la gestión gubernamental de Evo Morales en Bolivia, muy a pesar de ser reconocida por indicadores internacionales; la implementación salvaje y devoradora del bienestar social y de los derechos humanos en la Argentina y Chile de hoy.

Indudablemente en Colombia la derecha oligárquica hace parte de este espectro político que recorre nuestro continente y gran parte del mundo, y en medio de la coyuntura electoral presidencial despliega todas sus armas para consolidar el ejercicio de su poder, ya sea a través de una de sus “variantes”: o la derecha light de Vargas Lleras o la extrema de Duque-Uribe, fundamentando su accionar en la generación del miedo entre los colombianos y la deslegitimación visceral del Proceso de Paz y de las fuerzas políticas alternativas y progresistas representadas por Fajardo y Petro. Cómo se explica que en vísperas de elecciones un mercenario, J. J. Rendón, que dice ser un especialista de marketing político sostenga que la izquierda en Colombia no tiene opción para ganar las elecciones, sobreponiéndose a cualquier circunstancia y afirmando al candidato de la ultraderecha, al igual que lo hizo en tiempos de Juan Manuel Santos y de Álvaro Uribe. Lo extraño de esta situación es que la diplomacia colombiana no intervenga cuando un extranjero se entromete en los asuntos internos de nuestro país.

Es cierto sostener que en Colombia tenemos una democracia sin Democracia y que esta es desconocida por los partidos políticos tradicionales y los emergentes, cuando a nombre de ella hablan de combatir la corrupción y muchos de sus representantes están inmersos en el lodazal de ella; es hora de despertar de este letargo y de enarbolar la frase nerudiana: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

Comentarios

Comentarios




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *