Un sistema electoral vergonzoso

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Es uno de los axiomas clásicos de la democracia colombiana el hecho que la Registraduría Nacional del Estado Civil escrute y elija por su cuenta después de la votación. No es necesario traer los ejemplos. Solo recordar que arrastra históricamente una imagen de organización no propiamente pulcra y objetiva en asuntos electorales el cual pensábamos que había sido superada merced a los avances de la tecnología y de la planificación rigurosa.

Nada de ello se cumplió en los comicios del pasado 11 de marzo. Por el contrario; como nunca quizás, se llegaron a todos los topes de la imprevisión y el acomodo perjudicando de manera ostensible a los votantes y a los candidatos inscritos en las contiendas partidistas. Vergüenza que se hubieran terminado los tarjetones para los dos candidatos acudiendo al expediente de sacar fotocopias con todo lo que ello significa en materia de seguridad y credibilidad de las elecciones, aparte de las consecuentes protestas y denuncias por parte de los partidos involucrados que vieron allí una posible muestra de saboteo de sus aspiraciones.

La Registraduría, con este episodio, continuó dando muestras de su evidente obsolescencia pidiendo, casi a gritos destemplados, una reforma constitucional que la desligue, de una vez por todas, de las funciones electorales. Que se dedique a registrar el estado civil de los ciudadanos y se encargue de estas precisas funciones de organización de elecciones a una institución dedicada a esos menesteres con capacidad de contratar en el exterior o dentro de Colombia, quien le provea de servicios eficientes con el objetivo de sustraerse de estas permanentes muestras de desgreño administrativo perjudicando gravemente a la misma idea de democracia. Nada menos.

No hay excusas posibles para la falta de planeación en la confección adecuada de tarjetones ni tampoco acudir al expediente de carencia de recursos. Toda clase de suspicacias producen estos hechos, amplificados por las quejas de los votantes, candidatos y partidos. Una sumatoria que es la base del sistema electoral bajo el control funcional legal de la Registraduría. Una hipótesis peligrosa: ¿Se imaginan lo que pasaría si estos tarjetones desaparecen para las próximas elecciones de presidente en materia de orden público?

Grave panorama que obliga, de forma rotunda, a pedir cambios urgentes en la organización electoral en todos sus directrices y esquemas. No hay justificación posible en esta materia lo que sucedió en la consulta interpartidista ni puede pasarse alegremente la hoja como un hecho menor. Fue una autentica vergüenza que amerita correctivos y sanciones, cambios profundos y no simples maquillajes para calmar las graderías asombradas con tanta perversidad organizativa.

Tanto que hablamos de Venezuela y sus instituciones políticas calificándolas como deleznables, vanas e inocuas y allí existe un sistema electoral cuyo punto de encuentro con el elector es a través del voto electrónico. Acá se debate el tema, se propone en foros, en cuadernillos, en sesudos libros y apenas se implementa, de forma focal, la identificación biométrica casi a cuanta gotas. Con algún temor de cambio fundamental. Atrasados estamos, en consecuencia, en materia electoral con todo lo que ello significa en materia de sustento y promoción a las vastas empresas politiqueras que, conociendo los entresijos y debilidades de este sistema, se benefician totalmente de sus errores en detrimento de la democracia y de la capacidad de elegir y ser elegidos.

Más allá de la vergüenza que todos sentimos ante estos sucesos del pasado domingo, pedimos cambios urgentes y necesarios para evitar males mayores. Antes que otros errores similares nos lleven a un desastre anunciado que lesionen nuestra maltrecha democracia.

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